Los madrileños se amotinaron cuando el lechuguino Esquilache, invocando excusas sanitarias, pretendió recortar las capas, por seguir la moda europea. Los historiadores sostienen que la causa del motín no fue el recorte de las capas, sino la carestía de pan que los madrileños estaban sufriendo; y que el bando sobre las capas sólo fue el detonante que prendió fuego al descontento.

Pero los historiadores suelen ser gente que no entiende el «factor humano»: a los madrileños no les importaba tanto que la capa fuese más corta o más larga, sino la irracionalidad de la exigencia (disfrazada, para más inri, en excusas sanitarias).

El lechuguino Esquilache, por cierto, recibió el castigo debido a su irracionalidad; pues los furores populares lo obligaron a desterrarse en Venecia, donde la capa era obligatoria, tanto en invierno como en verano; y así, sudando la gota gorda en el verano veneciano, el muy cabrón entendió que no importa tanto alargar o recortar una capa, sino que nos la impongan o nos la quiten por cojones.

¿Qué distingue a aquellos madrileños que se revolvieron contra el lechuguino Esquilache de estos otros madrileños que se arrugan ante el acelgoso Illa? No es la necesidad que sufrían los madrileños de antaño; pues los madrileños de hogaño también la padecen, mientras sus negocios se van al garete y sus trabajos se esfuman.

La diferencia real es que aquellos madrileños de antaño repudiaban la irracionalidad y no estaban dispuestos a comulgar con ruedas de molino, por mucho que se disfrazasen de falsas razones sanitarias; mientras que los madrileños de hogaño son masa cretinizada (o sea, pueblo desdiosado, desvinculado y genuflexo que sólo sirve para hacer albóndigas de género), con unas tragaderas como el túnel del Guadarrama, capaz de comulgar las ruedas de molino más irracionales, con tal de que lleven un envoltorio sanitario.

Los madrileños se tragan, en primer lugar, unos criterios irracionales para la intervención, que fijan unos porcentajes arbitrarios de contagio y ocupación hospitalaria para disfrazar de cientifismo lo que no es sino apetito de destrucción. En segundo lugar, se tragan que les cierren Madrid, a la vez que les abren los barrios de la capital con mayor índice de contagio, que de este modo podrán propagar el virus por los barrios más sanos.

Los resentidos, cuando las medidas restrictivas afectaban tan sólo a los barrios con mayor índice de contagio, se quejaban de que los habitantes de estos barrios no podían ir a los «barrios ricos» a tomar un café, pero en cambio tendrían que ir a servirlo.

Ahora, con estas medidas irracionales, podrán atestar los transportes públicos y acercarse a los «barrios ricos», para tomar y para servir un café; o, si no tienen dinero para tomarlo ni trabajo para servirlo (como cada día será más frecuente), podrán ir en cualquier caso a lampar.

Pero a los resentidos que montaban bronca con las restricciones acaso tardías de Isabel Díaz Ayuso les parecen divinamente las restricciones irracionales (amén de doblemente tardías) del acelgoso Illa, porque son como aquella madre fingida del juicio de Salomón, a la que le importaba un bledo que tajasen por la mitad al niño en disputa, con tal de imponer su voluntad; y a estos resentidos les importa un bledo que la plaga se extienda, o que Madrid reviente económicamente, con tal de que su odiada Isabel Díaz Ayuso sea derrocada.

Y mientras los resentidos rugen de satisfacción, los madrileños que todavía no están podridos de resentimiento se arrugan. Los madrileños de antaño se amotinaron cuando les quisieron recortar la capa; los madrileños de hogaño se arrugan aunque los capen.

Después de someterse a esta irracionalidad, ya pueden darse por capados.

Juan Manuel  de Prada ( ABC )

viñeta de Linda Galmor