DE LA ORALIDAD DEL SANCHISMO

Cada vez que habla Pedro Sánchez, en la redacción ponemos el plasma y subimos el volumen. No lo hacemos a menudo porque Sánchez no se prodiga en ruedas de prensa salvo si viaja al extranjero, y no siempre hay extranjeros disponibles para Sánchez, pese a los desvelos de sus guionistas. Pero de súbito su voz campanuda fluye por la estancia y todos levantamos unos segundos la cabeza del teclado:

-Si tuviera que elegir una palabra para definir mi proyecto de Gobierno, sería Justicia. Justicia económica, social, de género… La Justicia es lo que moviliza a una sociedad.

La proclama alcanza los oídos del redactor, baja repicando por las trompas de Eustaquio, cruza los hemisferios cerebrales y termina alojándose en el lóbulo frontal, encargado del procesamiento lógico de la información. Pero el redactor no logra desentrañarla. No acierta a distinguir su significado concreto. Tras oírle un número suficiente de veces, uno concluye que la dificultad de comprenderle estriba en una cesura radical entre la voz de Sánchez y las intenciones de Sánchez.

No recuerdo otro orador que produzca ese efecto de ventrílocuo de sí mismo: en Sánchez, la forma y el fondo viven escindidos. Es capaz de enviar los fonemas por delante de los conceptos que se suponen acompasados a la fonación; pero uno se queda esperando alrededor de un cuarto hora y el concepto no llega, como no llega Godot. Solo recibe el sonido, cavernoso y bello, como si filtráramos el contenido de un globo de helio a través de un odre y recogiéramos los ecos en una cámara de resonancia, a poder ser la orquesta de Radiotelevisión Española.

Esta oquedad estructural del sanchismo me fascina. Yo sé que el oficio de político comporta la mentira y obliga a la representación, pero un recóndito manantial de autenticidad alimenta a esta clase de personas. Toda verdadera vocación política nace y se nutre de un agravio personal. A Pablo Iglesias le aguijoneó desde joven un deseo de revancha contra la casta plutocrática que puedo comprender. A Albert Rivera, por debajo de sus elasticidades estratégicas, le sigue impulsando aquel desprecio de los catalanes puros que hirió su crecimiento en la Barceloneta del pujolismo.

La verdad que hay en ellos procede de algo real y dominante contra lo que se levantaron. Incluso Zapatero creía en su propia ingenuidad. Pero Sánchez fue socioliberal y luego populista, fue del 155 y luego del pacto del NH con los indepes para la moción; yo no hallo en él ese átomo de coherencia que arde internamente y justifica una carrera política, aun una carrera en continuo zigzag. Tan solo la venganza contra el aparato susanista: eso sí era de verdad, y por eso lo que mejor se le entiende es la cruda recompensa a sus leales con la gran piñata de las nóminas de Estado.

Jorge Bustos ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor