No hace falta ser un nostálgico generacional de la Transición ni de los acuerdos de La Moncloa para pensar que una crisis económica como la que la invasión de Ucrania está provocando sólo puede abordarse en España mediante el ejercicio de responsabilidad de un compromiso de Estado.

Y que aunque el bipartidismo lleve en decadencia unos años, el PSOE y el PP, que suman casi dos tercios del arco parlamentario, están en condiciones aritméticas de sacar adelante ese pacto y de incorporar a él al menos a algunos partidos minoritarios como Ciudadanos. De hecho Núñez Feijóo parece haber fijado esa prioridad en su estrategia de liderazgo y Sánchez siente la presión europea para que le tienda una mano.

Pero hay un problema y no es precisamente pequeño: el presidente no está dispuesto a soltarse del brazo de Podemos y además su trayectoria queda muy lejos de constituir un aval para el entendimiento. El más despistado de los dirigentes españoles está al corriente del riesgo que supone negociar con un personaje tan carente de crédito.

Ante la grave incertidumbre económica abierta por la guerra sin que se haya consolidado la recuperación pospandemia el país necesita estabilidad, certezas y un programa de reformas con mínimas garantías de vigencia. El Gobierno -entendiendo por tal la parte socialista, que a efectos prácticos es la única que cuenta- no tiene manera de conseguir eso colgado de la cuerda que sujetan sus socios secesionistas y/o antisistema.

Y la UE, cuya ayuda es imprescindible, reclama medidas avaladas por las formaciones de mayor consistencia en los bloques de izquierda y derecha. Ocurre sin embargo que tanto la estructura de poder del sanchismo como su agenda se basan en una correlación de fuerzas orientada en dirección opuesta.

Y que el propio jefe del Ejecutivo ha dado sobradas muestras de falta de fiabilidad, sectarismo e incongruencia. Cómo confiar en quien sólo ha cumplido su palabra -sin reconocerlo siquiera- a los sediciosos independentistas y a los presos de ETA.

Sánchez no pretende firmar un pacto sino fingirlo. El domingo no quiso que el documento de la Conferencia de Presidentes recogiese la bajada de impuestos que había prometido. Busca un simulacro, un trampantojo, un espejismo para presentarse en Bruselas esgrimiendo un respaldo ficticio.

Es su talante, su forma de ser y de actuar, su estilo. Ahora le interesa blasonar de centrismo porque está viendo la legislatura en serio peligro. Pero una oposición responsable no puede renunciar por electoralismo al deber colaborativo cuando la nación atraviesa un momento crítico.

Prueba de fuego para Feijóo y para su sentido del equilibrio, su lealtad institucional, su experiencia y su instinto político.

Dejarse engañar por un hombre que ha engañado a tanta gente tantas veces, de palabra y por escrito, con toda España de testigo, es una forma de engañarse uno mismo.

Ignacio Camacho ( ABC )