Un viento de locura se ha apoderado de todo: el Estado y la regiones se arrojan muertos a la cara y juegan a navajearse mientras la pandemia diezma a los ciudadanos; batallas locas por nombres de calles y estatuas suplen marmóreamente la realidad de un mundo que se nos escapa entre los dedos con el relámpago inaprensible de un azogue…

No hay nada extraño en eso: sucede siempre que los hombres ven desconfigurarse esas coordenadas que han orientado sus vidas y que ellos se empeñaron en confundir con cánones eternos. Nuestra percepción del tiempo incluye esa paradoja: nuestro fugaz presente nos aparece como la intemporalidad que anhelamos, el soñado sosiego de consumar todos los vectores del pasado y dejar congelada en una sola las divergentes líneas del futuro. Pero la eternidad humana es muy efímera. Tanto cuanto lo es lo humano mismo.

De repente, como en un inmerecido cataclismo, percibimos que nuestro mundo -ese a cuyas regularidades estábamos acostumbrados- ha desaparecido. Y sabemos que no retornará. Nunca. Porque, sencillamente, no hay retorno en el tiempo. La pandemia fecha, esta vez, la revelación. Igual que otros desastres mayores fijaron, en otros momentos, otras cesuras.

Es una convención, desde luego, porque esas resquebrajaduras marcan sólo el umbral crítico en el cual se precipita lo que se fue gestando al abrigo de nuestra ceguera -tal vez, voluntaria-: estaba ahí, y llega un punto en el cual no hay ya manera de vendar nuestros ojos ante la evidencia que nos abofetea. Estamos en otro mundo.

Eric Hobsbawn abría su indispensable Corto siglo XX con una reflexión sencilla pero primordial: los siglos no comienzan allá donde las fechas dicen. Los primeros catorce años del XX son, en el rigor de sus lógicas, sus hechos, sus palabras, siglo XIX, «largo siglo XIX», por emplear sus palabras. El inicio de la Gran Guerra inaugura un tiempo nuevo: el de los grandes genocidios.

A eso llamamos siglo XX. Y, en sus lógicas más peculiares, es el tiempo que se cierra en noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín. Luego, un paréntesis festivo, unas despreocupadas vacaciones en las cuales todo parecía posible… ¿Luego? Esto: el nuevo siglo que aún no alcanzamos a comprender en su completa perspectiva.

Cuando hablamos de España, todo se vuelve extremo. Y paradójico. Hasta llegar a esta locura de un presente que se empeña en consumar lo que los Padres de la Iglesia juzgaban imposible aun para Dios: hacer que lo que fue no haya sido. La guerra civil fue -entre 1936 y 1939- una horrible carnicería en familia: todos víctimas, todos verdugos. Pero fue.

Y nada que digamos ni que hagamos ahora podrá alterar un átomo de lo que allí se hizo: el infierno. Y estaríamos locos si pensáramos que cambiar nombres de calles -sea Foxá, sea Prieto- va a alterar nada en lo sucedido. Salvo nuestra salud mental. Y nuestro retorno al odio más esterilizante. Cada vez que piso Nueva York me muero de envidia ante las redes numéricas de calles y avenidas: los nombres propios deberían estar prohibidos en las nomenclaturas urbanas.

Lo horrible tiene tanta entidad cuanto lo bello para los historiadores. Y es mucho más abundante. Ocultarlo sólo infecta la herida que dejó en nosotros: y una infección taponada acaba siempre en gangrena. Sepamos que somos hijos -o nietos ya- de un tiempo de asesinos. Y prevengámonos frente al riesgo de repetirlo. Eso es todo a lo que deberíamos aspirar. Y es mucho.

No queráis tocar el pasado: es intangible. Sólo estudiadlo.

Gabriel Albiac ( ABC )