DE VOTOS Y BANDERAS

Pues claro que puede ganar Sánchez. Desde luego, que vaya a ser el más votado no lo duda ya casi nadie. Para eso hizo la moción de censura, para aprovechar el poder y su máquina de propaganda como tractor de arrastre. Otra cosa es que, en las elecciones de abril, alzarse como la primera fuerza no garantiza que realmente gane porque la victoria será del que pueda reunir una coalición mayoritaria y eso está aún en el aire; cada vez más gente decide en el último momento, a menudo en la propia jornada electoral o muy poco antes.

Ahora mismo no existe ningún pronóstico fiable. Pero no te engañes: el bloque del centro y la derecha se está desfondando y la fragmentación en tres partes le resta posibilidades. Al presidente le pueden salir las cuentas para otra alianza Frankestein; aunque el tirón de Pablo Iglesias sufra un enorme desgaste, el juicio del procés refuerza a los independentistas catalanes. Te guste o no, lo creas o no, ésta es la cera que arde.

Y es así porque la izquierda tiene un líder claro. La estrella de Podemos se ha apagado entre problemas de cainismo interno y personalismos doctrinarios, y muchos de sus simpatizantes se están reagrupando en torno al PSOE como opción de recambio. A Sánchez lo pueden votar también los soberanistas menos fanáticos para evitar que les caiga encima un 155 ampliado.

Y en el bando de enfrente aún no cuaja la proyección de Pablo Casado ni despegan lo suficiente las expectativas de Ciudadanos. El crecimiento de Vox se va a descrestar en las provincias de pocos escaños. Nada menos que 28 circunscripciones, más de la mitad, eligen de cinco diputados para abajo: ahí no entra el quinto partido, ni siquiera el cuarto, dado que la regla de Hont tira por el sumidero miles de sufragios.

La gran diferencia entre los dos bandos consiste en que en uno de ellos hay en la práctica un solo candidato y en el otro no se reconoce un liderazgo. Por muchas bromas del Doctor Pikolín que hagas en el whatsapp, puede haber colchón para rato. Las redes sociales son un espejismo de reflejos falsos. Sus algoritmos crean conjuntos sectarios, agrupan a los que piensan igual y los despistan respecto a una realidad que a veces va por otro lado.

Éstas son unas elecciones para votar con inteligencia. La gente que vota con las vísceras se queda muy desahogada y muy contenta pero a la hora del recuento le entra el crujir de dientes y se lleva las manos a la cabeza. Ya ocurrió con Zapatero en 2008, cuando media España lo veía fuera sin darse cuenta de lo que pensaba la otra media.

La decepción de la derecha fue épica: durante meses había llenado las calles de manifestantes en filas muy espesas pero a la hora de la verdad le faltaron papeletas. Si vuelve a ocurrir algo similar, no le eches la culpa a las encuestas. Que se equivocan, sí, pero también sirven de advertencia. En las urnas se gana con votos, no con banderas.

Ignacio Camacho ( ABC )