DECAMERÓN

Oído el llamado al recogimiento de Simón el Almuédano, queda salir corriendo a la casa con encanto de «Don Pablo» en Galapagar, de rancio entorno krausista, a contar chistes verdes (en competencia con los eslóganes feministas de rahez ingenio) hasta que pase la peste. Se llama Decamerón.

De momento, el ministro de Sanidad («¡Illa, illa, illa, Salva maravilla!») comienza ya a hablar de paquetes (nada nuevo: en los 80, la Super Shaper Briefs lanzó los gayumbos con «Endowment pad» incorporado), cambiando el «piaffe» (andancio, decían del coronavirus, que se pasa con un ponche) que marcan los atlantes del Consenso, Gabilondo, Milá, Gramsci (el de Torresandino, no el de Cerdeña), aspirantes a los premios Pangolín y Murciélago 2020.

-Volverán… Volverán los monasterios -dejó caer Octavio Paz un día-. Otro día lo discutimos. Tengo que retirarme.

Es de justicia poética que el gobierno español haya salido al encuentro de la peste el día de la muerte de Max von Sydow, el rubichi de Bergman que desafió a una partida de ajedrez a la Muerte, que se disponía a pegarle unas manoletinas o bernardinas de fin de faena en la playa de «El séptimo sello».

-¡Todos somos Excalibur! -fue el grito Munch de Rosa Montero cuando los sanitarios se llevaron al sacrificio al cánido elegido para perro de San Roque del ébola.

En Madrid el coronavirus tapa mediáticamente la erección de una London Eye en el Manzanares. De repente, el Madrid de Villacís (la vicealmeida sólo sueña con cosas gigantescas) se ha convertido en la Orán de Camus, el hombre, según Revel, que al decir que no había Bien absoluto en la izquierda, desencadenó contra él una campaña de denigración cuya maldad y falta de honradez sólo fueron igualadas por su eficacia. Murió en la carretera.

-Camus iba siempre muy despacio en coche -contó su amigo Senillosa-. María Casares, su amor, le decía: «¡Llego tarde, corre!» Y Camus: «No hay nada más estúpido que morir en un coche».

El día que se mató, conducía Gallimard.

Ignacio Ruiz-Quintano (ABC )