«Muchas cosas aterradoras hay en el mundo; con todo, nada hay más aterrador que el hombre». Releo a Sófocles, en el estupor de esta rebatiña sangrienta entre políticos que se arrancan cadáveres madrileños a dentelladas.

Y recuerdo una película menor, de creo que allá por los setenta: la sociedad en la cual los cadáveres son transformados en el elixir -Soylent Green, creo que era su nombre- que alimenta y vigoriza a los amos.

No se llama Soylent Green la gelatina que buscan ahora los amos extraer de los cadáveres; se llama voto. Era aterradora, en la película de los setenta, la idea de estar comiendo extracto de cadáver en píldora. Es aterradora hoy la certeza de estar pagando el sueldo de los gobernantes en extracto de cadáver.

Lo de Madrid en estos días quedará como una adenda a aquella historia de la infamia cuyo esbozo maquinó Borges. Hacia el jueves, me llegó la noticia de que el Gobierno de Sánchez había ordenado ya a las fuerzas encargadas de ejecutarlo el diseño de un plan para el cierre total de Madrid.

Lo juzgué un bulo, como tantos otros de los que han corrido en estos meses: la fuente era óptima, pero aun a las fuentes óptimas puede írseles, en momentos así, la cabeza.

No tenía sentido: dos días antes, el gobierno de la nación y el gobierno madrileño habían alcanzado el modélico acuerdo que todos añorábamos desde que empezó esta matanza con la hecatombe del 8 de marzo.

La hipótesis de haber llegado a la tan deseada sensatez la ratificaba el modo en que se procedía a dejar el mando de la crisis en un equipo científico, dirigido, no por un «no-doctor» escénico tal que el Simón estrella de la tele, sino por un investigador de alta competencia, el doctor -este sí- Emilio Bouza.

Las cosas se encarrilaban. Y el presunto diseño de un cierre militar de Madrid no podía pasar, así, de una locura.

Llegó el viernes. Cinco minutos antes de que la Comunidad Autónoma de Madrid compareciese para hacer públicas las medidas consensuadas, el ministro Illa -licenciado él, dicen, en filosofía- convocaba su propia comparecencia urgente.

Que consistía en desmentir todas y cada una de las medidas adoptadas por la administración de Díaz Ayuso. En un poco común gesto de decencia, el doctor Bouza dimitió: que carguen con el deshonor quienes lo generaron.

Muchas obscenidades hemos visto ya en la política española, incontables canalladas, algún que otro homicidio… Yo no recuerdo, sin embargo haber asistido a algo así. El virus nos mata; la administración nos remata. Es el modo más rápido de liquidar a un adversario político.

Los sueldos perdidos por la gente de Carmena y Rita tienen que ser recuperados por Sánchez, Iglesias y Gabilondo. A eso se reduce todo. Nuestra vida o nuestra muerte son sólo jugo para condensar el Soylent Green a costa del cual viven los todopoderosos.

«Muchas cosas hay aterradoras», recita el coro de Antígona. «Ninguna como el hombre». Ese animal que se sueña capaz de todo. Y que «sólo de la muerte no tendrá escape».

Gabriel Albiac ( ABC )