DEL CERDO, NI SUS ANDARES

Esta mañana he vuelto a pasar por la calle del Correo, camino de la calle Mayor de Madrid, donde tiene su negocio  “Estilográficas Sacristán”, para comprar cargadores de tinta que es una materia que consumo junto con las palabras que escribo todos los días,  y no he podido evitar detenerme unos segundos en esa esquina donde hace dieciocho años ETA puso una bomba  en la cafetería Rolando  – hoy  aquel panteón se ha convertido en una sucursal de banco –  que  mató a doce personas e hirió de gravedad a otras 71.

Aquella tarde – eran las 14, 35 del 13 de septiembre de 1974 – en le redacción de la agencia Pyresa  estábamos solo los pringaos,  y mi amigo y entonces jefe Manuel Antonio Rico me mando “cagando leches” al lugar del atentado para que escribiese una crónica sobre lo que me encontrase al llegar.

Cascotes, polvo, ambulancias, gritos, blasfemias y cadáveres a  trozos fue lo que vieron mis ojos durante el tiempo que estuve allí,  y cuando regresé a la redacción escribí en una Olivetti la que posiblemente fue la mejor crónica de mi vida,  porque Rafael García Serrano, director de la Agencia y gran novelista,  decidió que aquel relato debía ir firmado con mi nombre,  a pesar de que por aquellos años siempre firmaba la agencia.

A lo largo de mi vida profesional, cuando yo era periodista, he estado muchas veces cerca del olor a pólvora u otros componentes que los químicos describirían mejor que yo, porque los tiros en la nuca, las bombas donde fuera menester,  las balaceras indiscriminadas o certeras,  y  las horas interminables de los secuestros fueron tantas, que en aquella época los plumillas y fotógrafos  estábamos obligados  en conciencia a ser gente decente,  y no como ahora que ser periodista es una profesión bajo una razonable sospecha de indignidad.

Yo celebro que mi antiguo trabajo haya cambiado de interlocutores. Antes tratábamos con asesinos y ahora  ellos se relacionan con ladrones, con la diferencia de que nosotros nunca fuimos cómplices ni colegas de los sicarios y algunos de nuestros sucesores se han vendido a una de las dos bandas.

Me disculpo ante quienes me leen por haber dejado atrás el hilo de lo importante, y regreso al argumento mollar.

Gentuza como Arnaldo Otegui, acompañados por colegas de indignidad con las manos encharcadas de sangre y la conciencia anestesiada por el hedor,  entre los que no faltaban representantes del PNV y Podemos, además de  algunos bien pagados observadores internacionales, han celebrado oficialmente la disolución de la banda terrorista ETA.

El relato que hacen los que  cargan sobre su conciencia  a cientos de muertos sin que les pesen ni un gramo, es puta basura, y los que lo asumen como cierto y lo celebran son como ellos.

Tengo en mi memoria más nombres de víctimas a las que conocía cuando estaban vivas que números de ataúdes, por eso no quiero saber nada de sus asesinos ni sus cómplices: porque como he odio que decía hoy una hija de un asesinado por ETA …”de los cerdos, ni sus andares”.