DEL RELATOR AL INFIERNO

Nos enseña Quevedo en su Buscón que «un relator, con arquear las cejas, levantar la voz, dar una patada, hacer una acción, destruye un cristiano. Como todos nuestros autores del Siglo de Oro, Quevedo caracteriza a los relatores de rapaces y codiciosos, ruines y desalmados, muy dados a la sisa y el cohecho; y, por supuesto, con parcelita reservada en el infierno, casi siempre en sitio de privilegio y aun en ocasiones en el propio camarín de Lucifer.

De la misma guisa los imagina también el discípulo más ferviente de Quevedo, Diego de Torres Villarroel, quien en sus Sueños morales describe un infernal tribunal de Plutón por el que pululan una multitud de diablejos, cada uno con su cargo correspondiente. Torres Villarroel enumera así el escalafón de los empleados de los tribunales: «Procuradores, alguaciles, escribanos, pasantes, letradillos, escribientes, corchetes, soplones, relatores y cagatintas».

El relator se quedaba, pues, a mitad de camino entre el soplón y el cagatintas, que no parece sitio demasiado encumbrado, sino más bien propio de gentes dispuestas -citamos de nuevo a Quevedo- a «brincar razones y mascar cláusulas enteras».

Así, saltándose a la torera o murmurando las cláusulas de los informes, los relatores conseguían orientar el fallo de los jueces según les conviniese, siempre atentos a la parte que los untaba más generosamente. Hasta tal punto eran los relatores gente fullera y propensa a trapacerías que ya las Cortes de Toledo primero y las de Madrid después desautorizaron la intervención del relator en los procesos, por tener siempre la voluntad de favorecer a quien les pagaba, a veces por iniciativa propia, a veces en connivencia con los jueces, a los que daban aviso con algún gesto acordado que bastaba -según el testimonio de Quevedo- para destruir a un cristiano.

No deja de tener su gracia cetrina que hayan rescatado una figura tan vituperada por nuestros autores clásicos para esa mesa de partidos o tabladillo de la farsa en la que van a discutir sobre autodeterminación. A mí esta mesa de partidos me recuerda un poco a las asambleas de socios que se montaban en la cacharrería del Ateneo, para disputar apasionadamente sobre la existencia de Dios, antes de someterla a votación, como si el resultado de aquella pantomima pudiera dejar sin inquilino el trono celeste.

Tampoco entiendo demasiado que este gatuperio, con su relator de chichinabo, haya provocado tamañas efusiones y rasgamientos de vestiduras; pues va a servir, sobre todo, para darle la puntilla a su partido, según han detectado enseguida su sanedrín de venerables, que han salido en tromba para desautorizar al doctor Sánchez, capaz de cualquier cosa con tal de mantenerse en el machito.

Aunque esta salida en tromba la hayan disfrazado con farfolla patriótica, lo que de veras preocupa a estos hombres venerables es la destrucción de su partido, que tal vez no haya sido nunca muy cristiano, pero va a correr la misma suerte que Quevedo asignaba a los cristianos destruidos por los relatores.

En otro artículo anterior señalábamos que el doctor Sánchez reúne en su persona los tres tipos de gobernante dañino (el inepto, el prepotente y el perverso) diseccionados por los clásicos; aunque sobre todo lo caracteriza el ansia de destrucción, tan propia del perverso.

No negaremos que, en su megalomanía de resentido, el doctor Sánchez quiera destruir España (como los ateneístas querían ridículamente negar a Dios), según afirman los convocantes de la manifestación del domingo. Pero en su lugar logrará la destrucción de su partido, al que aguarda el tribunal de Plutón. Allí ya no tendrá ni un mísero cagatintas que lo defienda.

Juan Manuel de Prada ( ABC )