No es aceptable para un país como España que el principal mensaje al concierto internacional sobre Venezuela sea el de avalar las elecciones tramposas organizadas por Maduro, aunque tal mensaje fuera emitido por el expresidente Zapatero.

Es una manifestación más de la triste realidad de que no hay Gobierno español con una mínima relevancia en los principales debates diplomáticos, siquiera en aquellos en los que debería conservar un espacio propio, por simple tradición histórica.

En Iberoamérica, de España solo se sabe que tiene un ministro de Fomento anfitrión de una visita ilegal de la mando derecha de Maduro, Delcy Rodríguez; un vicepresidente criado en las fuentes ideológicas y financieras del chavismo y un expresidente metido a limpiador internacional del dictador venezolano. Pobre y sombrío papel el de nuestro país en un escenario en el que debería tener un liderazgo por la reinstauración de la democracia y la libertad de los venezolanos.

Más notorio es el fracaso diplomático del Ejecutivo con Marruecos. Pedro Sánchez y su equipo no se han enterado de que el Reino alauí es un socio estratégico para España y que su obligación es equilibrar los discursos propios sobre la inmigración y el Sahara Occidental con los intereses en materia de seguridad y lucha antiterrorista.

Desde hace semanas, nada ha salido bien en las relaciones con Marruecos. La avalancha de inmigrantes subsaharianos y magrebíes hacia Canarias ha hundido la gestión y la imagen, ya dañadas, del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska.

Su viaje a Rabat para frenar el flujo de cayucos fue estéril. No supo ver venir el problema y tampoco ha sabido resolverlo. Por el contrario, lo está diseminando por todo el territorio nacional, permitiendo la llegada libre y sin apenas controles de miles de inmigrantes irregulares que vuelan desde Canarias a la Península con la misma libertad que un turista alemán, pero con menos garantías sanitarias.

La ignorancia sobre el propósito de Estados Unidos de reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental también ha dejado a España fuera de juego en el futuro de este antiguo territorio español. De la noche a la mañana, su protagonismo histórico ha sido sustituido por el pragmatismo político de Washington y Rabat, en el contexto de una histórica transformación de las relaciones de Israel con el mundo musulmán.

A cambio del Sahara, Marruecos ha reconocido el Estado judío, sumándose a la lista de países musulmanes que dan carpetazo a su tradicional hostilidad contra Israel. Poco podía hacer en este contexto un Gobierno como el de Pedro Sánchez, cuyo vicepresidente segundo sigue empeñado en actuar como un vocero universitario, en vez de como un responsable de intereses políticos nacionales.

Su defensa de la autodeterminación del Sahara Occidental no pudo ser más inoportuna: en medio de la crisis migratoria y a las puertas del acuerdo entre Washington, Rabat y Tel-Aviv. Las consecuencias están ahí, visibles, con una cancelación fulminante de la cumbre hispano-marroquí, con la excusa de la pandemia, y una crisis que abre en canal la relación diplomática entre ambos países.

Crisis frente a la que la ministra de Exteriores solo ha sido capaz de articular un discurso de tópicos sin contenido político, porque ya sirve de poco apelar a las resoluciones de Naciones Unidas cuando la principal potencia mundial ha bendecido la soberanía de Marruecos en el Sahara y extendido el reconocimiento de Israel entre países que hasta ayer abogaban por su destrucción.

Sepultado por los acontecimientos de esta crisis de 2020, el Gobierno hace aún más evidente su inaptitud y su ineptitud para gestionar los intereses de España.

ABC