Según Aristóteles, existen tres formas puras o perfectas de ejercer el poder, que son la monarquía, la aristocracia y la democracia. Y tres formas impuras o imperfectas (que bien podemos llamar «degeneración de las anteriores»), que son la tiranía, la oligarquía y la demagogia.

Según su planteamiento, la democracia tiene la virtud de que el poder responde a la voluntad mayoritaria de los gobernados, mientras que en la demagogia los gobernantes usan las peores artes (tales como prejuicios, emociones, miedos o esperanzas) para engañar a los gobernados, empleando incluso la desinformación y la propaganda para conseguir ese fin.

Si consiguiésemos que la mayoría de los españoles apagasen por unas horas Telecinco, o los «telediarios» de García Ferreras como única forma de desinformarse, probablemente caerían en la cuenta de que España lleva bastante tiempo instalada en una atroz demagogia, es decir, en la forma más degenerada de la democracia.

Una demagogia sin escrúpulos ejercida casi sin excepción por los partidos políticos y sus líderes, y dentro de ellos, de manera especialmente exitosa, aquellos que defienden aún el marxismo en pleno siglo XXI. La demagogia encuentra en los políticos de izquierdas su cauce natural.

Sólo así, desde una perspectiva claramente demagógica, podemos entender por ejemplo la actuación del ejecutivo de Sánchez e Iglesias respecto del problema de la inmigración ilegal. Una verdadera invasión, perfectamente organizada por mafias internacionales que cobran a cada viajero de cada cayuco la nada despreciable cifra de 2.000 euros por jugarse la vida en un viaje a lo incierto.

Un viaje que a menudo termina en Canarias, donde sus habitantes no salen del asombro ni de la indignación por la incompetencia y la falta de criterio político de Sánchez e Iglesias, y la pasividad del ministro de Interior, incapaz de otra cosa que enlazar topicazos y lugares comunes grimosos.

El sentimentalismo con el que se pretende a veces valorar el drama humano de la inmigración poco o nada tiene que ver con estas mafias de la inmigración ni con la mayoría de los atletas subsaharianos que llegan en los cayucos, todos equipados con teléfonos de alta gama y ropa de marca.

Los menesterosos que pasan hambre y calamidades en África probablemente nunca podrían juntar el dinero necesario para embarcarse en un cayuco. Éstos que han llegado en oleadas masivas a la costa canaria vienen sin mujeres ni hijos, y no tienen la menor intención de trabajar en España ni de integrarse en nuestra sociedad, ni de acatar nuestros valores.

Pero eso sí, cuando llegan, les espera una PCR, una cálida habitación de hotel con wifi gratis, mil atenciones y desvelos, porque lo que realmente mueve todo el operativo gubernamental no es otra cosa que el discurso políticamente correcto con el que luego engañan a sus electores.

Si Sánchez e Iglesias quieren de verdad acabar con el drama de la inmigración pueden hacer dos cosas, para ir empezando: establecer negociaciones con los países de origen de esas personas y preocuparse por su situación allí, dando parte de los recursos que suele despilfarrar en ONGs afines para que coman aquellos que literalmente se mueren de hambre.

También puede colaborar con otros gobiernos europeos cerca del Mediterráneo para investigar cómo funcionan las mafias de la inmigración ilegal, verdaderas causantes de todas las muertes que se producen en alta mar. Pero, ¡ay!, ¿cómo van a desmontar el chiringuito de Soros aquellos que lo han recibido como primera autoridad nada más tomar posesión del cargo de presidente del Gobierno? España está a la cabeza del proyecto mundialista y masónico del magnate húngaro, también en lo que respecta a la inmigración ilegal.

La mentira, la manipulación y la demagogia no se combaten con un sentimentalismo vacío de contenido y de razón, sino con la verdad y con argumentos de peso, como nos enseña la doctrina social de la Iglesia. El Gobierno socialcomunista, con su calculada ineptitud en este asunto, con su irresponsabilidad manifiesta creando un polvorín humano en Canarias, dejando vendida a la Guardia Civil y a los agentes costeros, vuelve a demostrar que la demagogia es su forma habitual de ejercer el poder.

Haciendo justo lo contrario de lo que antaño hacían los buenos gobernantes: dar la espalda a las soluciones reales y engatusar a los demás con las causas. Sumando problemas a la ya de por sí complejísima realidad que nos ha tocado vivir a todos en estos tiempos de pandemia.

Si ven a una persona rebuscando en los cubos de la basura, probablemente sea un español caído en desgracia, expulsado de su hogar o echado a patadas de su empresa, aprovechando la coyuntura. O puede que sea un inmigrante, sí, de los que vinieron a trabajar a España, dejando atrás raíces familiares y culturales, dispuestos a hacernos más fuertes a todos.

Entendiendo, como entendieron los españoles en los años sesenta y setenta, que para poderse integrar en un país distinto es necesario aceptar las leyes y costumbres de ese lugar. Lo que tenemos en Canarias es otra cosa. Y si no escapamos de las redes de desinformación y propaganda de Sánchez e Iglesias, su demagogia nos convertirá a todos en súbditos.

Abramos al menos los ojos, mientras Dios nos abre, de forma masiva, el entendimiento para discernir entre los buenos y los malos gobernantes.

Rafael Nieto (El Correo de España )