Muchos gurús derechoides presentan ridículamente la coyunda entre sociatas y podemitas como una entente «socialcomunista» dispuesta a instaurar un régimen bolivariano.

Pero sociatas y podemitas no son más que caniches del globalismo, encargados de arruinar la economía nacional, para que la plutocracia pueda hacer albóndigas con sus escombros, y de convertir a los españoles en una chusma penevulvar y subsidiada.

Y la plutocracia globalista se encargará de que sus caniches chupen del bote hasta quedar ahítos, con sueldos blindados de por vida y puertas giratorias para marear.

Pero, para poder llevar a cabo pacíficamente estos designios plutocráticos, sociatas y podemitas necesitan tener contentas a sus respectivas parroquias. Para lo cual ya no basta aquella «unidad de acción» que caracterizaba el ejercicio del poder en la fase fuerte de la modernidad; sino que es preciso desdoblarse, teniendo a la vez contentos a los partidarios del «orden establecido» (progres sistémicos y con dinerito) y a los partidarios de la «revolución en marcha» (progres resentidos y a dos velas).

De ahí que la coyunda de sociatas y podemitas necesite estar a un tiempo en misa y repicando, en una descarada bilocación que encauce los amagos revolucionarios hacia el redil sistémico.

En esto consiste la astucia de los demagogos en esta fase líquida de la modernidad: en presentarse simultáneamente como esforzados garantes del orden y como valentones subversivos. De este modo, complacen al amplio espectro de su clientela; pues en este fase líquida de la modernidad, las masas huérfanas de toda luz trascendente y dimitidas del mero ejercicio de la razón tragan sin empacho las contradicciones más flagrantes; y, cuando al fin descubren que han sido engañadas se entregan al resentimiento más cetrino, lo que a la postre sigue ampliando la clientela de los demagogos.

A veces, sin embargo, esta bilocación del poder muestra de forma demasiado evidente sus costuras, como acaba de ocurrir con motivo de la crisis provocada por la marcha de Juan Carlos, que ha permitido a los sociatas erigirse en depositarios del «legado constitucional» y a los podemitas anunciar un «horizonte de república».

Por supuesto, esta bilocación tan estridente está plenamente calculada; y su objetivo no es otro sino convertir a Felipe en un monigote que, por temor de que el «poli malo» ejecute sus amenazas republicanas, busca refugio en el «poli bueno», que podrá apretarle las tuercas a placer.

Pero hay que reconocer que, convirtiendo a Felipe en un monigote a su merced, los sociatas no se desvían ni un ápice de la estrategia diseñada por Felipe González, cuando facilitaba con taimada complacencia los episodios galantes de su padre.

Más desfachatada (y como dirigida a una parroquia de zombis lobotomizados) resulta la estrategia de los podemitas, gozosos chupópteros del «régimen del 78» que, después de prometer la Constitución y de colaborar con la Fiscalía en el archivo de la causa contra Juan Carlos, pretenden ahora presentarse como subversivos revolucionarios.

La monarquía está consagrada constitucionalmente como «forma política del Estado español». Y para cambiar esa forma política sólo existen dos métodos: la reforma constituyente y el golpe de estado.

Para ejecutar la primera son necesarias mayorías inalcanzables; y para ejecutar el segundo hacen falta unos huevos que los podemitas no tienen, porque son unos revolucionarios de spa y jacuzzi, amorrados a privilegios que saborean con fruición, mientras a su parroquia zombi la contentan -huesecillo que se arroja al chucho, para que deje de ladrar- con la gallofa de la retórica republicana.

Dejad de engañar a los ilusos y de alimentar su resentimiento, demagogos de baratillo.

Juan Manuel de Prada ( ABC )