DEMOCRACIA Y MENTIRA

Las campañas electorales no constituyen el momento más edificante de la vida democrática: obligados a sobrepujar las ofertas rivales, los candidatos realizan promesas extravagantes y ponen en circulación eslóganes simplificadores de los que podría deducirse que la sociedad es una inmensa guardería. La política se convierte en publicidad: el candidato se vende a sí mismo mientras anima adeselegir al contricante. Todo ello bajo la mirada del periodismo y las redes sociales, es decir, organizado en función de su efecto en el periodismo y las redes sociales. Si no hablan de ti, no existes: regla de oro de la democracia de audiencia.

Sucede que esta competencia feroz por llamar la atención puede conducir directamente a la mentira. Y no es sorprendente que, en la campaña catalana, el recurso a la mendacidad sea más frecuente entre los partidos independentistas; el procés, a fin de cuentas, fue un fake desde el principio. Así, si Marta Rovira ha dicho que el Estado amenazó con poner muertos en las calles y prometido sacar de la cárcel a los consellers encausados, el fugado Puigdemont ve en el traslado de las obras de Sijena la prueba de que el 155 se aprovecha para “expoliar Cataluña”. Para el votante independentista, son afirmaciones veraces que alimentan su antagonismo con España. ¿Y de qué nos sirve saber que son falsas? Ante mentiras así, las democracias están inermes.

Se dirá que hablar de mentira en términos fuertes casa mal con la naturaleza elusiva de la verdad política. Es cierto: si la democracia no puede erradicar la mentira es porque tiene una relación ambigua con la verdad. Y es que la verdad misma es ambigua. No la verdad científica, ni la verdad factual: hoy luce el sol y Hitler invadió Polonia. Pero sí las verdades que defendemos acerca de lo bueno o lo deseable. Es así porque vivimos en sociedades plurales donde coexisten distintos puntos de vista morales. Para bien o para mal, la política no es filosofía analítica.

Dicho esto, el problema subsiste. El lenguaje nos permite mentir; la política nos permite mentir a mucha gente. Y mentiras hay: afirmaciones falsas sobre una realidad constatable. Por ejemplo: ni Cataluña no está siendo expoliada, ni el Estado amenazó con matar a nadie. Sin embargo, solo cabe denunciar la falsedad y esperar que el ciudadano medite su voto. Es poco, pero no hay más. Bueno, sí: está la ley. O sea: aquellas garantías constitucionales que, benditas sean, impiden a las mentiras más dañinas prosperar hasta el final.

Manuel Arias Maldonado ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor