LA VIOLENCIA EN EL FÚTBOL, SÓLO ES VIOLENCIA

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LA VIOLENCIA EN EL FÚTBOL, SÓLO ES VIOLENCIA

La dramática muerte del ertzaina Inocencio Alonso García, de 51 años de edad, natural de Ermua y padre de dos hijos, ha sacudido el mundo del fútbol. Pero sería muy triste que al luto se añadiera la hipocresía. Es irrelevante matizar que Alonso no murió como consecuencia directa de un impacto o una agresión, sino a causa del infarto que la tensa situación desató y que terminó parando su corazón. Inocencio Alonso es una víctima directamente vinculada a un estallido de violencia ultra. Lo de menos es ponerse a repartir culpas entre hinchadas, o calibrar la peligrosidad de unas sobre otras.

Los supremacistas de extrema derecha nacionalista que pueblan las gradas del Spartak de Moscú, de los que salieron las bengalas arrojadas a la policía, no son peores que los proetarras de Herri Norte y otros hooligans vascos, de los que salió la puñalada que rajó la espalda de un ultra ruso. La batalla campal que se desató en Bilbao entre unos y otros estaba pronosticada, pero aun así los efectivos policiales desplegados se revelaron trágicamente insuficientes.

Convendría aclarar la descoordinación entre fuerzas y cuerpos de seguridaddenunciada a raíz de este fatal desenlace.Pero seamos claros. El mundo del fútbol permanece como único reducto de las sociedades democráticas en que la violencia aún goza de legitimidad, por marginal que sea. Ha costado un largo esfuerzo pedagógico y mucho derramamiento de sangre separar la lucha política de toda acción violenta, porque durante los dos últimos siglos el crimen fue considerado una herramienta revolucionaria, un medio legítimo en pro de un pretendido bien mayor. El prestigio de la violencia hoy perdura únicamente en regímenes totalitarios, incompatibles con el Estado de derecho. Pero en las democracias, los violentos se refugian todavía en el deporte. Y si logran hacerlo, es porque algunos clubes y algunas aficiones se resisten a acometer frontalmente el tumor y arrancarlo de raíz.

Es justo reconocer que el fútbol español ha hecho notables esfuerzos por erradicar a los violentos que camuflan su pulsión bajo la fidelidad a unos colores. y que reciben el apoyo -explícito o no- de los propios clubes. En 1992 la Ley del Deporte incluía la creación de una comisión estatal para prevenir la violencia deportiva, que nació finalmente en 2008. La lucha contra los radicales de sus hinchadas fue liderada por Barça y Real Madrid. Pero otros clubes menos mediáticos no se pusieron a la tarea con la misma diligencia.

Resulta incomprensible, por ejemplo,que Antiviolencia sólo tenga nueve grupos catalogados como ultras en toda España. Entre ellos no figuran los vinculados al Rayo, Valencia, Sporting de Gijón o Cádiz, entre otros. Grupos tan tristemente célebres por su agresividad como el Frente Atlético o los Biris del Sevilla figuran en las listas, pero los directivos de sus equipos no acaban de lograr su total descrédito ni su absoluta desvinculación.

Habrá que reforzar las medidas de seguridad, sobre todo con vistas al próximo Mundial en Rusia, cuyos radicales son célebres por su profusión y brutalidad. Sin un despliegue de seguridad apropiado, este verano la crónica deportiva amenaza con degenerar en crónica de sucesos. Pero más allá del estamento institucional y de la eficacia policial, hay medidas pedagógicas que competen sólo a los clubes y que corresponde secundar a la propia afición. Los ultras no deben poder pasar a ningún campo de España, y no deberían poder entrar en ninguno de Europa. No pueden alternar con los jugadores. No cabe con ellos la mínima connivencia desde las directivas: todo ultra es una vergüenza para un club. El hooliganismo no es una identidad romántica para seres inadaptados: es un vestigio tribal que ha de ser erradicado.

El Mundo