VILLAR, EL TORO MORIBUNDO DEL FÚTBOL

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VILLAR, EL TORO MORIBUNDO DEL FÚTBOL

La reaparición pública de Ángel Villar es como la visión de un toro moribundo, contra tablas. La última cornada es peligrosa, pero la mayoría van al aire. Villar aprovecha la carta de la FIFA para advertir del peligro real de que España no juegue el Mundial de Rusia. Se desmarca de su implicación pero, a su vez, la hace suya porque le sirve como palanca para salir a escena.

La realidad, en cambio, es que esta FIFA no es la FIFA de Villar, pero tampoco una FIFA que tolere injerencias en su autonomía jurídica, como el resto de la cúpula del deporte. Eso no quiere decir contravenir la ley, sino respetar el ámbito de su derecho privado, sus procesos electorales y su sistema de arbitraje. Muy pocos lo saben, incluso en el Gobierno. Villar empieza en voz baja y lee un documento preparado en el que ataca al Ejecutivo.

Poco a poco se crece con las preguntas, entre sobreactuaciones de algún periodista que no lo es, descripciones de los inodoros de Soto del Real y una recomendación sibilina a Mariano Rajoy: ser asistente de Julen Lopetegui. La última cornada se convierte, en realidad, en un esperpento.

Villar se refiere a sí mismo en tercera persona: presente mayestático. El primer foco de sus ataques es José Ramón Lete, secretario de Estado para el Deporte, que impulsó su suspensión al frente de la comisión directiva del CSD y pidió al TAD un recurso de revisión sobre las elecciones para formar la Asamblea de la Federación, el parlamento del fútbol. Finalmente, resolverá el Consejo de Estado. Dice que Lete ha utilizado el contenido de las escuchas telefónicas indiscriminadamente y que no ha seguido las líneas de la Abogacía del Estado. Sólo le falta llamarle, textualmente, prevaricador. En su opinión, su suspensión fue también una injerencia, por lo que asegura: «Si España no juega el Mundial, la responsabilidad será del Gobierno».

Lete es el tercer secretario de Estado consecutivo en guerra con Villar, después de Jaime Lissavetzky y Miguel Cardenal, de distinto partido y talantes. Con o sin razón, a Villar le ha faltado capacidad de negociación y autocrítica, a pesar de que dice serlo, y eso lleva a cualquier organización a la parálisis, la ausencia de debate y, finalmente, la implosión. Pasó en una Federación convertida en su búnker, separada de la sociedad. De todas las crisis que sufre el organismo, la peor es la de reputación.

Cardenal y a Javier Tebas los cita como los creadores de la supuesta farsa que el juez Santiago Pedraz entendió como una suma de delitos. «Me han linchado, a mí y a mi familia. Me quieren ver enterrado y para eso han utilizado a los fiscales, a la Guardia Civil y a los tribunales», proclama, antes de mostrar su voluntad de proseguir en su defensa hasta los tribunales internacionales, si es necesario. «Yo no he cometido ningún delito, ni ninguno de mis compañeros», insiste.

El caso Federación, del que la operación Soule es únicamente una parte, es como una de esas series de Netflix en las que hay que seguir todos los capítulos a lo largo de las temporadas. Si no, es incomprensible. Villar, el protagonista central, sabe más que ninguno, por lo que cuando empiezan las preguntas llega realmente su momento. Si entra en un laberinto de antecedentes y nombres es imposible seguirlo.

Hay aspectos, en cambio, clave en el contenido del auto, como es el presunto trato de favor que habría tenido su hijo Gorka, a raíz de los amistosos de la selección. Gorka no está en la sala del hotel madrileño, pero es el autor intelectual de la comparecencia. «Yo no quería que mi hijo se fuera a la Conmebol porque tengo dos nietos. Lo nombraron por su valía. No se ha llevado ni un euro de los partidos de la selección», dice el padre, retador.

A pesar de su suspensión y del nombramiento de Juan Luis Larrea, Villar deja claro que su antiguo tesorero no es presidente. «Juan Luis es un hombre capaz, pero el presidente soy yo. Él es un directivo que hace las funciones de presidente, como me pasó a mí en la UEFA cuando fue inhabilitado Michel Platini». De su labor, ni frío, ni calor: «En unas cosas estaré de acuerdo, en otras, no».

La dimisión jamás ha pasado por su cabeza, pese a sentirse como un leproso. Por eso a todos los que le preguntan les llama ahora «Jesús», el único que se acercaba a los apestados. Lo hace con un periodista. Espera que el Consejo de Estado desestime la petición de Lete y se siente traicionado por Luis Rubiales, pero si su moción de censura prospera, acatará la decisión del fútbol, hoy colapsado ante un toro en tablas.

Orfeo Suarez ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor