Por qué el Gobierno solapa un atropello con otro? ¿A qué esa velocidad en lo despótico? La clave es que puede cometer más cacicadas mientras recorta los tiempos de reacción. Así el personal, desalentado, deja de criticar. Es lo que tiene el exceso de novedades, que cansa.

Una sola exhibición de vanidad del parvenu -un avión para un concierto o un helicóptero para una boda, por ir al origen- puede hundir el prestigio de un político en una democracia normal. Pero dos corruptelas y tres demasías por semana, no. ¿Paradójico? Tal vez, como casi todo lo interesante.

De este modo, la opinión pública se desborda con tanto abuso, incapaz de prestarle a cada latrocinio, a cada alcaldada, a cada indignidad la atención requerida. Se agota en el intento de responder con la indignación necesaria. Se deprime al constatar la creciente insensibilidad de su propio tejido.

Se queda boquiabierta ante la falta de ética profesional de una tropa paniaguada que recita argumentarios gubernamentales en lamentables griteríos denominados, sin sonrojo, tertulias o debates.

Estamos en mitad de un choque que ya ha abollado algunas instituciones. Los ciudadanos, mientras, pueden adoptar una posición o echarse a dormir, pero el PSOE ya aplaude a Bildu en el Congreso. Las afinidades se han estrechado desde aquella fría reunión de Lastra y Simancas con los herederos de la ETA.

Reunirse ya era una canallada, una puñalada a la memoria de las víctimas. Los dos socialistas lo sabían, a juzgar por su expresión culpable: pose forzada, la sonrisa apenas apuntada y ya congelada. Todo acusaba su mala conciencia.

Pues se acabó. Lastra ya puede aplaudir a los bilduetarras, partirse las manos, identificarse con ellos frente al PP, que es de lo que iba el tema. Y Simancas ya puede reír, descongelado el rostro cual bacalao. Lo que tiene el PSOE que le hace tan resistente es la falta de conciencia.

Juan Carlos Girauta ( ABC )