DESASTRES

Las cifras de muertos del COVID-19 no las conoceremos hasta que pase el vendaval. El baile de cifras en el que unos mienten y otros se manejan honradamente, pero con datos esencialmente falsos no es más que una distracción. En mi modesta opinión, el COVID-19 es una tapadera que sirve para otras cosas.

Para poner un ejemplo: en circunstancias «normales» nadie admitiría ser el «paciente cero» de la «pandemia» (de pandemia nada: «caos controlado y muy bien organizado», más bien). Pero bajo tortura o presión psicológica, a un señor se le puede hacer admitir que es culpable del asesinato de César, del incendio de Roma y de la última erupción del Krakatoa, todo a la vez. Más claro aún:

Esta ilustración, tomada del libro de Pedro Baños «El dominio mundial», que les recomiendo si gracias al confina-miento están hartos de tragar televisión y películas por un tubo, resume mejor que mil páginas lo que está ocurriendo ahora; pues, como dice alguien por ahí, todas estas estrategias están funcionando a pleno rendimiento en la mayoría (si no en todos) los medios de desinformación comunicación social de todo el mundo.

Sabiendo que es una tapadera y que se ha caído con todo el equipo (aunque los muertos sean de verdad y ya nos vamos enterando de que a cierto porcentaje de ellos se les dejó morir simplemente negándoles la asistencia que necesitaban), ¿para qué sirve la «pandemia»?

Para empezar, sirve como experimento. La élite mundial (me da igual qué etiqueta le pongan: sus miembros están en todos los nombres que le quieran poner) se ha vuelto contra el pueblo. Ya han probado provocando crisis económicas más o menos «controladas», algo así como las demoliciones controladas de edificios.

El sistema, aun con grandes heridas, resistió. Había que intentar algo más «serio» (como si la crisis de 2008, que se llevó por delante a tantas empresas y personas, no hubiera sido algo «serio»). Es la afirmación de Calígula: «Me gustaría que el pueblo romano tuviera una sola cabeza, para poder cortársela». Y eso es lo que hacen, al actuar de manera unificada en todo el mundo. Todos percibimos que esa élite enloquecida ha puesto la directa.

¿Experimento de qué? En nuestra modesta opinión, de la implantación de la tiranía a nivel mundial. Cuando éramos niños nos reíamos/disfrutábamos de las películas y los tebeos que presentaban a un científico loco que decía: «¡Con esto voy a dominar el mundo!», creando el caos a su paso.

Luego llegaba el héroe americano (naturalmente: no iba a ser de Calasparra o de Orihuela del Tremedal) y «salvaba al mundo», con el consiguiente pie de página: «¡Así se libra la Humanidad, bajo la guía de (los Estados Unidos de) América, de las asechanzas del mal!». Ahora ya no hacen tanta gracia… porque los malos son de verdad, no un tebeo. Y no hay nadie, por ahora, que encabece una oposición a dicho proyecto. E incluso podríamos encontrar a alguno de ellos en «(los Estados Unidos de) América».

Dentro del NOM cada país elegirá su forma de tiranía, indiferente de qué se trate: «comunista» (que es a lo que vamos aquí) o «capitalista», pero siempre deudora de esa élite, que ha decidido ya que hemos disfrutado de demasiada libertad y que eso es una amenaza.

Amenaza para ellos, claro. Más o menos como esa «iglesia» china, que no responde ante Roma… sino ante Pekín y que acabará diciendo que Mao es la reencarnación de Cristo para no enemistarse con los gerifaltes del Partido.

Y mientras tanto, ¿qué nos queda a los demás? Si es esto… estamos jodidos.

El Cántaro del Aguador