Estos días regresa a las páginas de actualidad el comisario Villarejo, un personaje que reúne en un mismo caparazón la imagen del esperpento, la voz del Cristobita, la desfachatez del chantajista, la gorra del chuleta, y el parche en el ojo del pirata. Se me ocurren algunos otros calificativos, pero creo que solo los que les hicieron encargos ilegales podrían decirlo en voz alta ante un juez, aunque dudo que se atrevan porque el miedo es libre.

Un  tipo así – la antítesis de la elegancia, la capacidad de seducción, la lealtad a su país de James Bond – solo se podía dar en España o en algún país sudamericano, porque al parecer va en los genes que esparcimos por ese Continente  en el que propagamos  la tiña de la carcunda.

Aunque todo el mundo cree conocerle, la mayor parte de la gente incluidos muchos periodistas, solo tienen sobren él algunas referencias que le vinculan a las cloacas del estado, un lugar donde ha chapoteado durante bastantes años con el amparo, la vista gorda y el beneficio a los gobiernos del PSOE y del PP, porque ambos le distinguieron con condecoraciones pensionadas.

El comisario es un consentido de los dos partidos que ahora lamentan haber tenido a sueldo a un tipo que se ha enriquecido de forma ilegítima trabajando para varios señores al mismo tiempo, hasta el extremo de que Hacienda ha calculado que tiene un patrimonio aflorado de 45 viviendas, fincas y garajes, independientemente de otros posibles bienes opacos.

Su salida temporal de la cárcel le ha ofrecido la oportunidad de decir en voz alta: ¡“Voy a por vosotros! . y muchos están temblando porque el comisario conoce las golferías que han perpetrado.

Todos los países tienen agentes encubiertos, no reconocidos como tales, que aceptan el riesgo de tener que defenderse solos en el caso de ser pillados cometiendo algún delito, pero esas historias solo se ven en las películas norteamericanas porque en los Estados Unidos hay directores con un sentido épico y patriótico de su país, mientras que aquí tenemos otra visión más parecida a la de Torrente, el brazo tonto de la ley.

Reconozco que no puedo ni quiero evitar asociar a la ética a estética, y por eso con frecuencia me sale la vena del desprecio intelectual y moral hacia los macarras sudados y temerosos del champú, el jabón y el agua caliente, una imagen que nos la recuerda todos los días un señor del gobierno que trabaja muy poco y se pasa el día viendo series de televisión.

El problema para los que mandan en este país y tienen cosas que ocultar es que el comisario Villarejo  ha salido de la cárcel con ganas  desatrancar las cañerías.

Diego Armario