¡ DESCANSEN !

Es normal que se tome la trola, la filfa, la bunga como el atributo peculiar de Sánchez. No solo por sus últimas promesas patrióticas, recuperar el delito de referéndum ilegal o zanjar el sectarismo en TV3, hojarascas que no se cree ni el último membrillo, sino porque se le ha cogido tantas veces en renuncio que sus bolas se descuentan, como en la bolsa. Afirmar que «Sánchez miente» ya no añade información; al que lo suelta lo miramos con condescendencia, como al cándido marciano que acaba de instalarse en la Gran Vía.

Fuera del arte de la franca mentira, son precisos otros rasgos para dejar a la posteridad la crónica útil de este fenómeno. Uno considera que el interés no está en Sánchez sino en el sanchismo, curiosa suspensión del sentido crítico, del sentido común y del sentido de realidad con pocos precedentes. Me viene a la memoria el felipismo de mediados de los ochenta, pero no vale la comparación por tres razones de peso: Felipe era un estadista, la democracia era muy joven y no había teles privadas.

Voy ya. Los rasgos específicos del sanchismo son la rapidez y la lógica amigo-enemigo. Rapidez en su advenimiento y expansión, tras una travesía del desierto, y lógica amigo-enemigo, o antagonismo, como motor. La travesía del desierto empezó cuando su partido se lo sacó de encima por el «no es no», por negarse a facilitar la investidura de Rajoy, obstinación que, de prevalecer, habría traído unas terceras elecciones en un año.

En cuanto regresó del ostracismo y purgó el aparato a discreción, aquel espíritu amigo-enemigo, que tantos servicios había rendido a Zapatero, recuperó su maléfico esplendor en el socialismo español, dejando a Podemos y a los separatistas, únicos representantes de la doctrina de Carl Schmitt durante algún tiempo, sin su exclusiva. Y si esto sucedió con asombrosa rapidez, habrá que calificar de vertiginosa la velocidad con que, llegado Sánchez a la presidencia por la puerta de atrás, el establishment adoptó la posición de firmes. ¡Descansen!

Bastó con una señal: el presidente súbito se estrenó decapitando a la cúpula del medio que le había tildado de «insensato sin escrúpulos» en pleno editorial. Quizá recordó que a Felipe González dejaron de llamarle Felipe sin más cuando expropió Rumasa a los tres meses de llegar al poder. ¿Sabrá esas cosas?

La vuelta al antagonismo zapaterino («Nos conviene la tensión») y el toque a los medios indicó quién era el macho alfa. Con la diferencia de que el lobo que manda camina detrás del grupo, mientras que Sánchez quiere todo el pack del poder, incluido el que luce, que es el simbólico.

Por eso posa a lo Kennedy y le molesta el Rey, a quien envía a Cuba para mejor abrazarse a Iglesias. U opera como candidato designado sin serlo mientras ningunea al Monarca en una cumbre mundial. Llegados a este punto, más que mando y autoridad, Sánchez transmite inseguridad. Creo que teme mirarse al espejo y no ver a nadie.

Juan Carlos Girauta ( ABC )

viñeta de Linda Galmor