DESFACHATEZ

Está en marcha un fraude como el del fin de ETA, sólo que de mucho más calibre y alcance, pues el botín es la integridad de España y la libertad de millones de españoles. Recuerden lo ocurrido al anunciar la banda terrorista que dejaba de asesinar. El suspiro de alivio debió oírse en las antípodas y todo el mundo se felicitaba, llegando los parabienes a decir que ETA «había sido derrotada».

Hoy, nos encontramos a los asesinos en la calle, en los bares, en los ayuntamientos, en las cámaras, incluso en los gobiernos, sin haber pedido perdón a sus víctimas, a punto incluso de que el Gobierno español ceda la gestión de las cárceles a las autoridades vascas, para que abra las celdas de los que aún quedan en ellas.

Y, para colmo, se han hecho con Navarra, su mayor objeto de deseo, al darles la masa territorial crítica para convertirse en Estado soberano el día que lo juzguen oportuno. Si eso es una derrota, no quiero pensar qué sería de haber ganado. ¿Otegui en La Moncloa?

Pero está a punto de volver a ocurrir para resolver el «conflicto político» catalán en la famosa «mesa de diálogo», que debería llamarse mesa de la vergüenza, o desvergüenza mejor, ya que les avergüenza citar la Constitución, se han olvidado de la mitad de los catalanes para decidir su destino y echan mano de «soluciones imaginativas» al no respetar las legales. Unos y otros.

Con toda la cara, pidiendo lo que no les corresponde y prometiendo lo que no pueden dar. Sin siquiera estar de acuerdo entre sí, actúan como dueños y señores de Cataluña y de España, no respetando leyes, sentencias ni estatutos.

Que lo hagan los nacionalistas no extraña, al ser el nacionalismo una especie de enajenación mental transitoria, aunque a algunos les dura toda la vida. Pero que le ocurra al presidente del Gobierno cuya nación se ve tan directamente desafiada, no sólo sorprende, sino asusta.

Hay a quien esta osadía de Pedro Sánchez impresiona, pero lo único notorio en ella es la temeridad irresponsable que le llevó a desafiar al Comité Federal de su partido, en el pulso que mantuvieron y del que salió defenestrado.

Este tipo de individuos viven apostando al máximo, al no tener otra cosa que apostar. Esta vez, cuenta con un gobierno a su medida, un PSOE domesticado, una oposición dividida y unos independentistas conscientes de que es el único que puede darles lo que buscan.

Además, a precio de saldo: basta con que le dejen dormir en La Moncloa mientras pueden sacarle lo que quieran. España paga. Porque al nacionalismo no se le convence con dádivas y genuflexiones. Todo lo contrario: cuanto más se le da, más pide. Lo único que respeta es el peso de la ley, pero la ley ha desparecido cuando se cruza el Ebro.

Lo dijo ayer Puigdemont, en el baño de multitudes que se dio en Perpiñán, arengando a sus huestes a prepararse para la «batalla final». Aunque no se acercó a la frontera por si las moscas.

José María Carrascal ( ABC )