Algo serio está fallando en el Ministerio de Igualdad, que con tanta resonancia ideológica y propagandística creó Pedro Sánchez con su Ejecutivo de coalición.

En los últimos meses, la pandemia ha trastocado todas las cifras habidas y por haber en España, pero en términos laborales hay datos especialmente preocupantes que reflejan que el Gobierno «progresista y feminista» de Sánchez y Pablo Iglesias ha conseguido aumentar la brecha salarial, ha incrementado en veinte puntos la distancia de contratación entre hombres y mujeres en beneficio de los primeros, y ha situado a las mujeres, sobre todo a las jóvenes, como el colectivo más damnificado en pérdida de empleos.

La igualdad que tanto preconiza La Moncloa se ha quedado en un eslogan artificial y en un trampantojo sin contenido que demuestra una realidad social incuestionable: las mujeres siguen pagando un alto precio por el doble peaje de la maternidad y del mantenimiento de los hijos, cuando no de familiares mayores enfermos, sencillamente porque en España siguen sin regularse ayudas de ningún tipo para paliar esta situación.

La conciliación entre la vida familiar y laboral es una quimera para cientos de miles de mujeres trabajadoras, y el Gobierno apenas opone mensajes buenistas que a la hora de la verdad son inservibles. Hoy el Ministerio de Igualdad es un artificio irrelevante creado para mantener cómodamente en el poder a la número dos de Podemos y pareja del vicepresidente del Gobierno, Irene Montero, y no para afrontar las correcciones que nuestro sistema necesitaría para estrechar la brecha laboral.

Toda su política está basada en fabricar una idea errónea y desfasada del feminismo, en radicalizar a la sociedad, y en alentar conflictos sociales con ánimo doctrinario para ideologizar a la mujer en lugar de beneficiarla. Es ridículo gastar un solo euro público en estudios sobre el llamado «género no binario», y más aún si los beneficiarios son amigos del entorno de Podemos.

El Ministerio de Igualdad no es ningún ministerio. Es solo una agencia endogámica de colocación, una fábrica de enchufes con sueldos cienmileuristas a la que retratan la crudeza de los datos. Allí nadie trabaja por la igualdad, sino por la supervivencia de Podemos mientras se despilfarran en ello cientos de millones de euros en naderías. Tampoco el Ministerio de Trabajo, dirigido por Yolanda Díaz, igualmente de Podemos, ha revertido ninguna curva en favor de la mujer porque su distancia respecto a los hombres aumenta inexorablemente.

Ni una sola medida ha ido encaminada en estos meses a apoyar con criterios objetivos la conciliación. Y menos aún, a respaldar a las mujeres que por motivos familiares inexcusables se han visto obligadas a dejar de trabajar, más allá de las causas lógicas atribuibles a la grave recesión económica.

La izquierda solo alimenta el pensamiento único y un intervencionismo inútil, y con la mujer no iba a ser distinto. Su perfil pretendidamente «libertario» es una mascarada. Por más que Sánchez se disfrace de «primer feminista», el abandono institucional de la mujer por parte del Gobierno solo está sirviendo para crear más problemas en el necesario relevo generacional que necesitamos en términos laborales.

Sánchez y sus ministros están imbuidos de la falsa idea de que respaldar a las familias y realzar el papel de la mujer como parte esencial del motor de una sociedad moderna es un anacronismo discursivo de la derecha. A su Gobierno puede bastarle con reírse del ciudadano diciendo que los niños no son de los padres, sino del Estado.

Lo que está claro es que nadie en este gabinete protege a la mujer.

ABC