DESPUÉS DEL DILUVIO

Sánchez soldó su pacto con Iglesias sobre una hipótesis verosímil: no la de «cabalgar al tigre», que algunos anunciaron; sí, la de comprárselo. Podía ser rentable. La transubstanciación domiciliar de Iglesias y Montero sugería una vocación que valía la pena tantear: el tremendismo verbal como vía de autopromoción es una receta vieja y efectiva.

La sombra enjoyada del matrimonio Perón se proyectaba sobre aquellos dos. Y la enigmática opulencia de los cónyuges Kirchner. Además del robo insaciable de los parientes y deudos de Chávez y Maduro. Tal dictaba el ejemplo de los santos custodios. El mapa de navegación de Sánchez -¿o de Redondo?- no carecía de astucia. Para tiempos normales. «Corrómpete y calla».

Y, en esto, llegó la tempestad: coronavirus.

En los tiempos normales, acaparar en una sola familia cargo y sueldo de vicepresidente y de ministra era más que un lindo cuento de hadas: un seguro de vida, al cual pocos sujetos con la somera formación de los dos de Galapagar acceden.

Se les brindaba el privilegio fastuoso de vegetar sin límite, seguir haciendo retórica angelical para los bobos que se tragan cualquier profecía de paraíso, pagar con holgura su enjundiosa hipoteca, codearse con los excelsos, ahorrar un pellizquito para la vejez… Sí, era un buen cálculo el de Sánchez: la pareja populista se avendría a una oferta tan ventajosa.

Ningún accidente insurreccional cabía temer de ellos en un aburridísimo país de la tan convencional UE. Con eso y con una corte de exinsurrectos bien pagados por el erario público, los flamantes nuevos ricos arribarían al futuro amable del buen burgués progresista. Ni por asomo pensó Sánchez que la nueva mercancía, de este ingenioso modo adquirida, fuera a tener tara alguna.

El virus vino a cambiarlo todo. Los tiempos de normalidad saltaban por los aires. Con el país confinado y los medios audiovisuales bajo control riguroso del Ejecutivo, era hora de jugársela a cruz o cara. Iglesias hubiera sido un perfecto imbécil, si no se hubiera apercibido de eso. No lo es. Inculto, sí. Cursi, hasta decir basta.

Moralmente turbio. Imbécil, no. Era un tiempo de desbarajuste en los medidos engranajes del Estado: no existe momento histórico mejor para tomar el poder por abordaje. En condiciones de normalidad, Sánchez le llevaba una ventaja insalvable: el automatismo de la máquina del Estado. Rota esa inercia, Iglesias podía, por primera vez, ponerse a la par de ese aficionadillo socialdemócrata al que siempre despreció de modo tangible.

Ahora, ante la urgente salida del atolladero, las hipótesis se restringen a dos. Y en ninguna de ellas tiene la iniciativa el presidente. O bien Bruselas impone a Sánchez un gobierno de salvación nacional con PP y Cs, como condición para rescatar a España de la bancarrota.

O bien Sánchez se adentra en la cesión de poderes económicos a Iglesias. No hace falta decir que esta segunda hipótesis no da ya sobre un horizonte europeo. Da sobre la Grecia de Varoufakis. Y sobre Venezuela.

Gabriel Albiac ( ABC )

viñeta de Linda Galmor