DESTRUYAMOS A UN HOMBRE

DESTRUYAMOS a un hombre. Es muy fácil. Es tremendamente fácil. No hace falta matarlo, ni darle una paliza. Ni siquiera acusarlo formalmente. Tampoco es necesaria una denuncia. Bastará verter sobre su imagen la sospecha de maltratador, acosador o violador.

Si añadimos pederasta tendremos pleno al quince. Cualquiera de estas conductas es terrible: terrible en el rescoldo de una intimidad, en el autorretrato ante el espejo de cualquier hombre ético, y ante la alarma pública. Es lo peor que puede ser un hombre.

Precisamente por eso, por la gravedad de estos crímenes, hemos llegado a un punto en el que bastará con nombrar cualquiera de ellos y vincularlo a un rostro, a una imagen, a una identidad, para volarla en pedazos, para enlodarla en un fango que se adhiere a la piel con el convencimiento del betún. No importa si no hay pruebas. No importa si nadie presenta una denuncia.

No importa si después se desmonta la telenovela, si todo era un montaje, su cortina de niebla. Da igual. Ante estas acusaciones, aunque se trate de suposiciones, de sobreentendidos de culpabilidad, no existe el tiempo, no existe esa erosión que va limando la reconquista de la realidad: porque queda grabada para siempre en un nombre esa letra escarlata de la culpa, tatuada en ese rostro, cosida a una identidad desmoronada.

Hace casi dos años, Woody Allen fue declarado culpable de abuso sexual de menores. No lo hizo un tribunal estadounidense, sino Hollywood. Su Hollywood, que renegó de él casi actriz por actriz, casi actor por actor. Se salvaron de la quema Diane Keaton y Alec Baldwin, que no tuvieron miedo a defender la inocencia de alguien cuya culpabilidad no se había probado, es más: sin un solo indicio de prueba que hubiera logrado, al menos, la incoación de un procedimiento penal.

Se afirmaba: «Yo te creo, Dylan». Es decir: sin valorar la fragilidad del castillo de naipes de la acusación del entorno de Mia Farrow, se prescindió de un plumazo de la presunción de inocencia. ¿Para qué, si yo te creo? ¿Para qué probar tu culpabilidad, si quien te acusa es una mujer, como yo, y por tanto dice la verdad? Se pasó del prestigio de rodar con Woody Allen a la necesidad de estigmatizarlo, como a Gary Cooperen El honor del capitán Lex, pintándole la espalda con la cruz amarilla del escarnio.

No había actriz o actor que no condenara a Woody Allen con más vehemencia que el anterior, porque si no lo hacías, si te mantenías en silencio, podías parecer su cómplice. Había que aparentar ese desprecio, aunque no se hubiera probado ninguna de sus causas.

Y como preguntaba Alec Baldwin: «¿Es posible apoyar a los supervivientes de la pedofilia y de abusos y acosos sexuales y, al mismo tiempo, creer que Woody Allen es inocente? Así lo creo». Las actrices que afirmaron «Yo te creo Dylan» no estaban pasando sólo por encima de la presunción de inocencia de Allen, sino de la presunción de inocencia de todo el mundo.

La falta de pruebas -y de juicio- se conoce desde 1992, y este tiempo todas las actrices que después lo han despreciado han seguido rodando películas con él. Pero era antes del #MeToo. Cuánta soledad, cuánta tristeza debió de sentir entonces. Cuánto desengaño del espíritu humano, qué melancolía de vivir.

Que Woody Allen nunca haya sido juzgado, porque no había causa, no ha sido obstáculo para reventar su carrera. Poco importa aquí si te parece un cineasta genial, si has soñado con él aquella medianoche en París con Scott Fitzgerald y Zeldabailando un vals en la orilla del Sena, en ese acantilado del amor.

Da lo mismo. Lo único importante es que Woody Allen era culpable porque yo te creo, Dylan -que es igual que decir que porque yo lo valgo- y había que condenarlo. Amazon Studios canceló el estreno de A rainy day in New York y también el rodaje de tres películas. Se había dictado sentencia.

No es el único caso. A mediados de 2018 el actor Morgan Freeman fue acusado de acoso sexual. «Cualquiera que me conoce o ha trabajado conmigo sabe que no soy alguien que intencionadamente ofendería o haría sentir incómodo a nadie», negó el actor, pero daba lo mismo.

Tampoco apareció ni la más mínima prueba, ni nadie lo denunció. Para qué. La ola del #MeToo podía con todo y Visa canceló su contrato de publicidad con el actor como consecuencia de las acusaciones. Seis meses después, la web de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano desveló que todo había sido un montaje de la periodista de la CNN Chloe Melas, que había creado falsas evidencias para acusar a Freeman.

Ella y la subdirectora An Phung sacaron una información en la que 16 personas, 14 de ellas anónimas -sí, como en el caso de Plácido Domingo-, afirmaban que habían sido testigos o directamente víctimas de tocamientos o acoso, pero era mentira. Morgan Freeman se declaró moralmente abatido a sus 80 años, tras haber descubierto que como ciudadano varón sólo tenía presunción de culpabilidad.

A estos nombres podríamos sumar los de Michael Douglas, que se salvó por los pelos en pleno tifón #MeToo tras haber sido acusado por una ex empleada, y el de Kevin Spacey, declarado inocente en su primer juicio, sí, pero tratado con severidad soviética: su presencia en House of Cards ha sido borrada como Stalin eliminaba los rostros de los condenados de las fotos de grupo tras deportarlos a Siberia. Y antes del juicio: para qué, si ya en American Beauty era el padre enamorado de la belleza rubia que acompañaba a su hija. Para qué, se dirían, molestarse en contrastar los hechos. Para qué, si es culpable.

Ahora nueve mujeres acusan a Plácido Domingo de acoso, aunque sólo da su nombre la mezzosoprano Patricia Wulf. Según Associated Press, nueve mujeres sin rostro dan testimonio de la insistencia del tenor en seducirlas o buscar sexo con ellas.

Yo no sé si Plácido Domingo es inocente o culpable de estas acusaciones. Lo que sí sé es que su comunicado es confuso, porque introduce cierta duda. Asegura que «siempre» creyó que sus relaciones eran «consensuadas» y considera «inexactas» las acusaciones contra él.

Pero la madre del cordero viene ahora: «Reconozco que las reglas y baremos por los que hoy nos medimos son muy distintos de cómo eran en el pasado». Plácido Domingo podría empezar por buscar otro asesor para sus comunicados, para evitar esta apariencia de incriminación. Los tiempos han cambiado, afortunadamente; pero meter mano es meter mano, e insistir tras una negativa puede ser acoso. Aunque eso sí: decir no también es decir no, antes y ahora, y no parece que aquí se haya forzado a nadie.

Plácido Domingo tiene derecho a la presunción de inocencia que él mismo ha empañado relativamente con su comunicado, en el que también rechaza los hechos que se le imputan. Culpable o inocente -parece lo segundo- ha quedado marcado por la peste.

La asociación de Orquestas de Filadelfia «ha retirado su invitación a Plácido Domingo para que participe en el concierto de la noche de estreno del 18 de septiembre de 2019». Eso es darse prisa. ¿La razón? Que «estamos comprometidos a proporcionar un entorno seguro, solidario, respetuoso y apropiado para la Orquesta y el personal, para artistas y compositores colaboradores, y para nuestro público y nuestra comunidad».

 O sea, que la presencia de Plácido Domingo no garantiza esa seguridad. O sea, que es culpable. Poco después se sumaría la Ópera de San Francisco, cancelando su actuación del 6 de septiembre. «La decisión de cancelar el concierto se ha tomado tras las informaciones recientes sobre múltiples acusaciones de acoso sexual». Se mantienen -por ahora- Hungría, Nueva York, Suiza y Moscú.

En el Festival de Salzburgo, su presidenta, Helga Rabl-Stadler, lo ha apoyado expresamente: «Conozco a Plácido Domingo desde hace más de 25 años. Desde el principio me ha impresionado, junto a su capacidad artística, sus modos respetuosos con todos los trabajadores y trabajadoras del Festival».

Actuará allí en agosto, como estaba previsto. Y la Ópera de Los Ángeles, que él dirige, ha anunciado una investigación. Esto sí es lo razonable: pero no la condena previa, en ese nuevo macartismo en el que cualquier hombre es culpable de entrada y por ser hombre.

Joaquín Pérez Azaústre ( El Mundo )