Deslucida en su propósito fundacional de convocar multitudes, la Diada de este año supuso la constatación de que para los dirigentes de la facción separatista no existe otra cosa que aferrarse al fracasado «procés» con la exposición, esta vez sin público, de su argumentario tradicional del derecho a decidir, los «presos políticos» y los «exiliados», que a estás alturas ya suena a monótono discurso para alimentar a su militancia.

Sonaban ayer a prédica en el desierto los distintos discursos de los políticos separatistas, más divididos que nunca ante la presunta cercanía de las elecciones pero tan confundidos como siempre.

Sin fanfarria, todo queda en nada. A estas alturas y fracasado el primer intento de golpe de Estado, el único aliciente que les queda son las expectativas que en el sector secesionistas ha creado el presidente del Gobierno al mostrarse dispuesto a reactivar en breve la llamada «mesa bilateral» con unos dirigentes que han prometido que repetirán la intentona de romper la unidad de España.

Lo que quedó ayer fueron los rescoldos de aquellas brigadillas callejeras a las que Torra animó a apretar: sabotajes en el AVE, quema de fotografías de la Familia Real en la vía pública y una sucesión de manifestaciones, inconcebiblemente toleradas por las autoridades de la Generalitat cuando ayer se notificaban más de 1.200 nuevos contagiados y cuatro fallecidos más.

Parece clara cuál es la prioridad de los dirigentes independentistas, que ayer volvieron a poner de manifiesto su desunión, el típico desencuentro que revela que incluso esa aspiración separatista, aquel proyecto republicano con el que los catalanes conquistarían su libertad, cede en cuanto se trata de ver quién es el que manda.

El navajeo político que van a protagonizar de aquí a las elecciones será tan triste como ayer lo fue, para ellos, la Diada de la derrota.

ABC