DIAGNÓSTICO: ESTRÉS DEL SISTEMA

España está enferma de estrés electoral. La convocatoria de las cuartas elecciones generales en cuatro años, más los correspondientes ciclos de municipales y autonómicas, ha provocado en la sociedad una tensa sensación de hartazgo. Burnout, abrasión emocional, el «síndrome del quemado».

El fracaso de las negociaciones de investidura de este verano, a pesar de existir varias posibilidades de conformación de mayorías, empuja a muchos ciudadanos a pensar que los políticos les han transferido sus propias responsabilidades y crea una patente e inquietante atmósfera de desafección y de desconfianza en la clase dirigente y en la política misma.

De esta manera, lo que debería ser un saludable ejercicio de participación democrática ha sido recibido con una reacción colérica generalizada en la que muchos votantes proponen castigar con suspensión de sueldo a los parlamentarios, profieren en las redes sociales denuestos contra los representantes públicos o colapsan la web del INE para darse masivamente de baja en la recepción de propaganda domiciliaria.

En estas condiciones, el resultado de los comicios de noviembre contiene una notable dosis de imprevisibilidad. «Las encuestas efectuadas hasta hoy ya no sirven», afirma el sociólogo Narciso Michavila, uno de los expertos demoscópicos con mayor índice de acierto en sus proyecciones. «Puede que ni siquiera sirvan las que se hagan en estos días porque estén contaminadas de indignación popular».

Si la cita con las urnas fuese hoy, la abstención alcanzaría probablemente proporciones históricas, y en todo caso constituye la principal preocupación de los estrategas de campaña, en la medida en que pueda evacuar una protesta silenciosa, una expresión de rechazo a la endogamia partitocrática.

Paradójicamente, si las elecciones de abril fueron recibidas con amplia satisfacción para acabar con el paréntesis de provisionalidad surgido de la moción de censura de 2018, las del 10-N pueden convertirse en las más aborrecidas desde la restauración de la democracia. Nunca se había detectado en el cuerpo electoral tanto repudio a la invitación para tomar la palabra. Esa mezcla de decepción, impotencia y rabia.

Los partidos confían en que el enojo irá deflactando en las siete semanas que faltan. Pero se ignora su impacto en la participación y en la propia decisión de voto de quienes decidan ejercerlo. En el primer caso, los cálculos medios sitúan la abstención unos puntos por debajo del 70 por ciento.

En el segundo, aún más difícil de predecir, la estimación de los profesionales apunta que entre siete y diez electores de cada cien pueden cambiar de papeleta. Esa cifra no sería una sacudida telúrica pero puede mover tres o cuatro decenas de escaños: quizá pocos para producir un vuelco pero bastantes para afinar la actual correlación de fuerzas.

Ignacio Camacho ( ABC )

viñeta de Linda Galmor