Hasta hace poco quienes señalábamos el complejo de religión de la izquierda progre, con sus campañas de cancelación y su obsesión por la ingeniería social del turbocapitalismo (término que tomamos prestado del filósofo italiano Diego Fusaro), éramos unas personas horribles obsesionadas por perpetuar discriminaciones e injusticias habidas desde tiempos inmemoriales; unos fachas, según la definición habitual, y unos neorrancios, según el término reciente más acuñado, pero en cualquier caso gente horrible.

En esa categoría entraba todo el que no besara las sandalias zurdas, si bien, como en todos los ámbitos de la vida, existían diferentes clases de fachas, abarcando desde los vergonzantes que respaldaban electoralmente al Partido Popular hasta los orgullosos, que según la propaganda sistémica eran violentos obnubilados hasta el fanatismo y encandilados por símbolos como la esvástica.

Todo esto podrá parecer exagerado, pero la irrupción institucional de Vox no hizo más que llevar a los parlamentos lo que desde la izquierda sociológica llevaban décadas diciendo en los bares sobre el Partido Popular.

Y si algo ha molestado especialmente no ha sido que Vox cuestione el Régimen del 78 ni sus intereses (bien sabemos que son entusiastas del establishment) pero sí que plante terreno en la batalla cultural, aunque sería más acertado denominarla metapolítica, e incluso que se atreva a instigar las agitaciones sociales que no interesan ni controla el Gobierno de coalición progre.

Porque sabemos de sobra que mienten cuando llaman fascista a Vox, pero la sombra de ese fantasma es tan alargada que todavía sienten escalofríos cuando presencian protestas obreras y populares ajenas a su control, ¿tal vez porque, en el fondo, jamás han creído su propia propaganda sobre el fascismo como perro de presa del gran capital, esa misma que llevan repitiendo desde hace un siglo?

Como en otras cuestiones, el Gobierno de España ha vuelto a dejar en evidencia su división interna. No ha pasado mucho desde que el sector socialista deslizó la insidia de acusar a los transportistas en huelga como individuos que hacían el juego sucio a Vladimir Putin, sin faltar la acusación típica de extrema derecha para defenestrarles mediáticamente.

Sin embargo, la ministra de Trabajo ha salido reconociendo que los huelguistas forman parte del sector más débil de la cadena de transporte y, aunque haya querido defender la labor del Gobierno declarando que están de su parte, en realidad ha dejado en evidencia a sus aliados socialistas respecto a la desesperación con que viven estas protestas, las cuales sin duda hubieran animado con entusiasmo de encontrarse en la oposición.

Aunque no menos sorprendentes han sido las declaraciones de Gabriel Rufián, instando a la izquierda a «dejar de militar exclusivamente en lo moral» y hacer lo propio en la utilidad. Como señalábamos al principio, ese tipo de acusaciones hasta hace nada eran propias y exclusivas de personas a las que etiquetaban como lo peor de lo peor.

¿Acaso Yolanda Díaz y Gabriel Rufián van a cambiar políticamente de acera y a unirse al club de los fachas, neorrancios y malditos? Si tienen valor para ello, bienvenidos al club.

A fin de cuentas, si hemos sido testigos del milagro de neoliberales atlantistas reconvertidos de la noche a la mañana en falangistas fetén, ¿por qué dos referentes de la izquierda progre no iban a desprenderse de sus fobias y complejos ante España y su Historia?

Ahora en serio: no parece que vayan a transitar por el camino de Manuel Mateo, pero no vendría mal que los dirigentes de la izquierda española exhiban de vez en cuando la vena rojiparda.

Gabrel García ( El Correo de España )