DIENTES, DIENTES

En Argentina hizo fortuna el chiste de un ministro cesado al que preguntaron a qué se dedicaría: “Pasaré al sector privado. Privado de coche oficial. Privado de sueldo. Privado de secretarias”. Privado de Falcon para salir de ‘festis’, podríamos agregar.

No sé si la conciencia de su propia finitud en una situación parlamentaria irresoluble ha potenciado en Sánchez un afán de disfrutar todo lo posible del ajuar presidencial mientras éste siga disponible. Es probable que tenga para ello, antes de pasar al sector privado, menos tiempo que otros presidentes y que por eso se esté atragantando con más complementos –el avión, el helicóptero, las gafas de puto amo– de los que venían con los Geyper Man.

Por otra parte, hay que ser comprensivos con el hecho de que se haya pasado con el Falcon a recoger a su mujer -como Richard Gere cuando se llevó a la ópera aPretty Woman– en una de esas citas con las cuales los matrimonios de larga duración endosan los niños a alguien y tratan de volver a sentirse como cuando eran novios.

No hay que olvidar que no hace mucho tiempo, después de su expulsión de Ferraz que tanto recordó a una toma de rehenes en un banco con envío de pizzas y todo -“¡Salga con las manos en alto! ¡Nadie tiene por qué resultar herido!”-, Pedro Sánchez anunció que se dedicaría a recorrer España en un Peugeot para hacer prédica como uno de esos viajantes que colocan el pie en el marco de la puerta para que no se la cierren en las narices.

Haber pasado en tan poco tiempo del Peugeot de las carreteras secundarias al Falcon de hacerse el Kennedy es una historia de éxito y superación que merece al menos el consentimiento para restregar el Falcon una vez a todos aquellos que le violentaron las puertas de Ferraz. La entrada en el concierto después de arrojarle las llaves del Falcon al aparca fue su interpretación del dientes, dientes de Pantoja.

De ahí que, en la conversación de sobremesa, se tienda a comprender lo del Falcon. Lo que no se entiende, en cambio, es que no se inventara en casa un G-7 o algo así para llenarlo de amigos y de cervezas clavadas en cubiteras para irse a ver a los Killers como Bobby Axelrod cuando se llevó en el jet privado a la pandilla del barrio a un concierto de Metallica en Montreal. Por eso nunca les pediré el voto.

Porque me conozco y sé que, con las llaves del Falcon en el bolsillo, yo aparecería en Las Vegas y me tendría que inventar mi vicepresidenta una agenda cultural para justificar mis sillas de ring en un combate de Lomachenko.

David Gistau ( El Mundo )