DIEZ SEGUNDOS

«Ocho meses para diez segundos». Estas -según los medios de comunicación- fueron las primeras palabras de don Pedro Sánchez como Presidente del Gobierno.

Me dirán, y puede que con razón, que fijarse en esta tontería es banalizar la que se nos viene encima. Me dirán, probablemente con razón, que ante un Gobierno antisistema y separatista, lo de menos es la chorrada del comentario del señor Sánchez. Pero es que a mi me parece muy simbólico.

Y me lo parece porque esta frase define exactamente los deseos, los intereses y los proyectos de Sánchez. Lo que el quería era ser Presidente del Gobierno; lo demás es accesorio, irrelevante y anecdótico. A Pedro Sánchez le da lo mismo lo que prometió a sus electores; le da lo mismo con quién tenga que bajarse los pantalones; le da lo mismo a quién tenga que hacerle concesiones y de qué tipo sean estas.

Lo que Pedro Sánchez quería era ser Presidente del Gobierno por la vía normal; no por la de la moción de censura, que es como la puerta trasera de La Moncloa. Quería sus diez segundos, y todo lo da por bien empleado con tal de haberlos conseguido.

Le da lo mismo tener en su Gobierno a la parejita ceaucesquiana, que hace unos meses le quitaba el sueño; le da lo mismo que a quienes le han permitido acceder les importe «un comino» la gobernabilidad de España; le da lo mismo tener que reírle las gracias a los que antaño asesinaban a sus compañeros de partido. Sánchez quería sus diez segundos, y para conseguirlos todo valía. La máxima zapateresca del «como sea», ha llegado a lo más alto.

Y se mantendrá de la misma forma: como sea.

Pero todo esto es también anecdótico. Para los que se rasgan las vestiduras desde las emisoras de radio episcopales; para los que gimen desde las rotativas más o menos peperas; para los que se asombran desde la calle, bueno será recordar -inútilmente, lo se- que todo ello ya lo anticiparon mentes y plumas clarividentes hace muchos años: Ángel Palomino, Ismael Medina, Rafael García Serrano y tantos otros entre los que -perdóneseme la inmodestia- también puse mi granito de arena, a la distancia que corresponda de los citados.

El PSOE de Sánchez es un partido guerracivilista; es un partido -son unos votantes- empeñados en ganar una guerra civil que -cada día es más evidente- fue muy justamente llamada de Liberación, porque liberó a España de este tipo de gentuza.

Es un partido -unos votantes- que tienen como justificación primera la exhumación del Excelentísimo Señor D. Francisco Franco, seguida de la imposición, vía Ministerio de la Verdad orwelliano o de la Memoria Histórica zapateril y sanchista, de la visión estalinista de la sociedad. Es un partido -unos votantes- anclados en el primer tercio del siglo pasado y muchos de ellos, incluso, en el último del siglo XIX.

Por ejemplo, el propio señor Sánchez, que comenzaba su discurso luciendo el palmito histórico del PSOE. Y por mucho que lo recordara Santiago Abascal en la investidura de Sánchez, no por eso deja de ser cierto que Francisco Largo Caballero decía -en un mitin del 9 de noviembre de 1933 cuya reseña publicó el periódico El Socialista-, lo que sigue:

«… mucho dudo que se pueda conseguir el triunfo dentro de la legalidad. Y en tal caso, camaradas, habrá que obtenerlo por la violencia… nosotros respondemos: vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero si no queréis, haremos la revolución violentamente.

Eso, dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil… Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil… No nos ceguemos camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aun los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar.»

Y siento mucho que lo recordara Santiago Abascal, porque ello hará que muchos renuncien a la verdad histórica con tal de separarse del que para unos es el coco fascista y ultraderechista, y para otros el ogro liberal que viene a ocupar un espacio que consideran propio y que -por mucho que nos pese- está vacío por las rencillas de la familia nacional, que nos han traído gloriosamente hasta donde estamos, y que no merecen mayor comentario ahora.

Lo que importa es que el PSOE de Sánchez, abrazado y lagrimeante a los comunistas, a los antisistema, a los separatistas, a los terroristas, a los asesinos, se dispone a lanzar a última ofensiva de la guerra civil que lleva perdiendo ochenta años.

Y esta vez no será sólo la locura del que vive fuera de la realidad y se encierra en su imaginación calenturienta; esta vez será la ofensiva desde la ingeniería social -ya muy avanzada- y desde el Boletín Oficial del Estado sin ninguna cortapisa.

Ni siquiera de la Justicia, que ya ha experimentado la progresía social-comunista en los fiscales del juicio a los golpistas catalanes, y la abogacía del Estado, que ha recibido las instrucciones adecuadas para complacer a los separatistas. Y la judicatura en general, que ya ha sido advertida por el Vice, en el sentido de que abandonen su ideología, evidentemente siempre que no sea la del señor Iglesias.

Dice el señor Casado que Sánchez no podrá modificar la Constitución porque necesitaría los votos del PP y no se los van a dar. Como es tradición, el PP ni sabe donde está ni por dónde le vienen. El señor Sánchez, el señor Iglesias, los hideputas varios que los apoyan, no quieren cambiar la Constitución mas que de boquilla.

Saben perfectamente que, en lo fundamental, es prácticamente imposible hacerlo. Pero, aunque el señor Casado siga en sus cómodas nubes, quizá debería recordar que en 1931 tampoco se modificó la Constitución para transformar la Monarquía en República.

Y a mi -que considero, con José Antonio, que la Monarquía se desprendió como cáscara muerta– ese tema no me parece importante. Lo que si me parece importante, es que Sánchez, para mantenerse en el poder, para aprobar cualquier Ley, seguirá cediendo ante el separatismo y el terrorismo y el comunismo. Que -no nos engañemos- es el fundamento socialista.

Lo importante es que, para mantener este Gobierno de amigachos -definición del muy mencionado Azaña sobre los políticos de la Segunda República-, Sánchez venderá España.

Rafael C. Estremera ( El Correo de Madrid )