EL DILEMA DE PUIGDEMONT EN SU HUIDA SUICIDA

La calculada ambigüedad en su declaración de independencia y la hábil respuesta del Gobierno ha abocado a Carles Puigdemont a un oneroso dilema. El presidente de la Generalitat se halla en la encrucijada de romper definitivamente con la legalidad o romper el bloque independentista que actúa como un rodillo desde las autonómicas de 2015. La disyuntiva de Puigdemont es fruto de su torpeza e irresponsabilidad, y también de una suicida carrera emprendida en el momento en que el tradicional catalanismo pactista decidió unir su destino al de formaciones radicales e incluso antisistema. El resultado es un laberinto en el que Puigdemont sólo tiene una salida honrosa: retornar al marco legal y convocar elecciones anticipadas.

Desde que el propio Puigdemont, sin someterlo a votación del Parlament, decidió dejar en suspenso la alambicada declaración de independencia que verbalizó el pasado martes la CUP y el resto de entidades sociales del soberanismo no han dejado de presionarle. El objetivo de ANC y Òmnium, sin legitimidad ninguna pero con capacidad de influencia sobre Junts pel Sí, es que el president declare de manera unilateral la nueva república catalana, lo que inevitablemente acarrearía la suspensión del autogobierno catalán.

En este achique de espacios, el brazo social del separatismo ha encontrado un aliado en la CUP, que ayer mismo difundió un escrito en el que exigía al presidente de la Generalitat «la proclamación de la república» porque, a juicio de sus portavoces, es «la única manera» de lograr la intervención de actores internacionales y que Cataluña sea reconocida como un sujeto soberano. Este planteamiento es un puro delirio. Porque ni la Comisión Europea va a acceder a una mediación, tal como ha dejado claro Juncker, ni la UE va a tolerar que la voracidad secesionista de Cataluña se extienda a otras regiones con pulsión nacionalista.

Las presiones a las que Puigdemont se está viendo asaeteado son la consecuencia de la monumental estafa que él y sus socios llevan perpetrando desde que se puso en marcha el procés. Una farsa que tuvo su estrambote con la firma de una declaración secesionista -sin validez jurídica- por parte del conjunto de fuerzas independentistas. No se puede hacer más el ridículo, pero ni la sociedad catalana ni la española en su conjunto se merecen que la soberanía nacional esté en riesgo por un puñado de dirigentes kamikazes.

Puigdemont debe contestar el lunes al requerimiento del presidente del Gobiernopara que aclare si está o no en rebeldía. Es la última oportunidad que tiene para regresar a la senda de la legalidad y, de esta forma, garantizar la permanencia de las instituciones catalanas. Estos días escuchará muchos cantos de sirena de un entorno enardecido y entregado a la causa separatista, pero ha sido el propio Artur Mas quien ha admitido que Cataluña no está preparada para separarse, por muchas leyes de desconexión que imponga la mayoría parlamentaria secesionista, ni tampoco una eventual proclamación unilateral sería reconocida por la comunidad internacional. Es evidente que el ex presidente del Gobierno catalán busca blindar a su sucesor ante las presiones de ERC y la CUP.

Dado el fracaso de su desastrosa y temeraria hoja de ruta, si a Puigdemont le queda un rapto de responsabilidad política, debería contestar al requerimiento de Rajoy con una respuesta que facilite el restablecimiento de la normalidad institucional. Algo difícil de esperar en el presidente que ha situado a Cataluña fuera de la Constitución y del Estatuto de Autonomía.

El Mundo

viñeta de Linda Galmor