La celebración de la Fiesta Nacional demostró ayer el grave momento de crisis institucional y de fractura social que está asolando a España con una desunión inédita. La lucha de todos contra la pandemia y contra la depresión económica se une a un creciente malestar contra la manera en que el Gobierno de Pedro Sánchez está afrontando la legislatura.

El ninguneo sistemático a la Monarquía parlamentaria, el desprecio a la separación de poderes, los continuos ataques a la independencia judicial, y el manoseo del Parlamento a la medida de Pedro Sánchez, están generando una conflictividad social innecesaria.

La Fiesta Nacional siempre fue una celebración de unidad y de concordia. En cambio, ahora solo permite visualizar a un Gobierno despectivo con el espíritu de la Transición, avergonzado de los símbolos nacionales y destructivo con todo aquello que ha permitido a España ser un ejemplo de democracia para el mundo.

El de ayer fue un 12-O atípico porque el Ejército no pudo mostrar la misma cercanía a los ciudadanos que años anteriores. En cualquier caso, fue una sincera demostración de fidelidad al Rey en un momento en el que la Corona está siendo asediada y perseguida desde el propio Consejo de Ministros.

Lo mismo ocurrió con los ciudadanos que acudieron a dar vivas a Don Felipe y abucheos contra Sánchez y su gabinete. Ya ocurrió antaño con Zapatero cuando decía que el concepto de nación es «discutido y discutible», o cuando negociaba con ETA a espaldas de todos los españoles. Incluso, cuando negaba la recesión que condenó a España durante más de un lustro.

Sánchez debería dejar de gobernar solo para la mitad de los españoles porque hay otra mitad que sí cree en los símbolos, en las instituciones, en la historia y en un concepto de patriotismo que la izquierda se ha conjurado para erradicar. Es lamentable que el Rey reciba el cariño de todos y que parte del Gobierno le reciba con ostensibles gestos de un republicanismo desfasado.

Por eso resulta obligatorio resaltar las palabras en ABC de la ministra de Defensa, Margarita Robles, asegurando que «la Monarquía es una pieza esencial en el pacto constitucional» mientras sus compañeros de gabinete presumen de querer demoler ese pacto. Sánchez e Iglesias no solo reniegan de él, sino que han impuesto un revisionismo revanchista muy radical y tóxico.

Los símbolos son relevantes en una democracia consolidada. Tanto, como el sentido de pertenencia a un proyecto común. La bandera, el Ejército, la unidad nacional, el concepto compartido de soberanía y la propia historia de una nación centenaria tienen un significado que ningún Gobierno tiene derecho a pervertir. Ayer hubo mucho de enmienda a la totalidad a un Gobierno que ha decidido deconstruir España de arriba hacia abajo.

Por eso, evitarlo es ya una obligación democrática.

ABC