DISUELTA EN EL PUEBLO

Lo que queda de la partida de iluminados sanguinarios que se creyeron que su alucinación a propósito de una patria valía más que la sangre derramada de un niño -de hasta cinco niños en el atentado contra la casa cuartel de Vic del 29 de mayo de 1991, cinco niños a los que los terroristas vieron perfectamente antes de hacer deslizarse hacia ellos el coche bomba que había de desmembrarlos- escribe una carta de despedida repleta de eufemismos y sandeces que no merecen mayor atención. No hay que malgastar el tiempo con las palabras de quien ha perdido la capacidad de llamar a las cosas -y en especial a sus cosas- por su nombre ni tampoco con las de quien se pronuncia desde la ignorancia y la necedad. Sin embargo, al final del texto hay un detalle que escapa al ínfimo nivel retórico y dialéctico del grueso del mensaje: nada más, y nada menos, que una metáfora.

La carta final de los terroristas -tan esperada por algunos, innecesaria, redundante o incluso grotesca para muchos-, se suponía que era una carta para anunciar, en fin, la disolución de la organización a la que pertenecieron y desde la que negaron los más elementales derechos a sus conciudadanos, amén de sostener el empeño deliberado y declarado de hacer descarrilar la democracia que tanto había costado recuperar. Y he aquí que eso es lo que hacen, pero añadiendo una precisión escalofriante: la de que se disuelven en el pueblo del que, dicen, salieron.

Cierto es que Hitler salió del pueblo de Austria, el carnicero de Milwaukee de la población de esa ciudad del estado de Wisconsin y Pol Pot de entre los habitantes de Camboya. Que deba cargarse a Austria, Milwaukee o Camboya la factura por haber tenido la inmensa desgracia de engendrar semejantes calamidades humanasya resulta mucho más discutible. Que todos los que forman el pueblo vasco, en cualquiera de sus acepciones, ya sea la restringida del nacionalismo etnicista y supremacista o la sociológica más amplia, deban suscribir o padecer el estigma de que entre ellos naciera una partida de gente dispuesta a inculcar al prójimo sus ideales amedrentándolo y llegado el caso matándolo a traición es igualmente intolerable, por más que los interesados quieran buscar esa cobertura para no soportar al raso el oprobio imperecedero de su tosca e inútil inhumanidad.

Lo escalofriante es pensar que la metáfora final de la carta pueda contener el germen de un proyecto: el de no desaparecer realmente, sino cambiar de forma, infiltrarse en el tejido contra el que atentaron y seguir emponzoñándolo pero de una forma más ventajosa y cobarde, una en la que la aventura no termine inexorablemente en un calabozo francés tras tener que sentir durante meses en el cogote el aliento de la Guardia Civil. Leída así, vendría a ser como la despedida de un envenenador que se comprometiera a no poner más estricnina en el plato de nadie, porque su estrategia es, en adelante, echarla en la red pública de suministro de agua. La lectura resulta plenamente coherente, por lo demás, con un adiós que no es voluntario, sino forzado por la imposibilidad de continuar con la táctica antes vigente, y que deja ver en sus disculpas mezquinas, demediadas y hasta escamoteadas que no parte de un arrepentimiento sincero.

A los vascos compete ahora, más que a nadie, estar atentos a lo que circula por las cañerías de su vida pública. Si después de haber vivido sojuzgados por una pandilla de matones de los que los han liberado, a un altísimo precio, los servidores del Estado de Derecho español, van a volver a caer en sus redes tejidas ahora desde la disolución del tóxico en su agua y su aire. A ellos toca ser capaces de distinguir, como decía Machado, las voces de los ecos, a los patriotas que sienten el dolor de sus semejantes de quienes dicen serlo pero no les importa y hasta les desahoga causarlo. Ahí, y en la memoria debida, se juegan su futuro.

Lorenzo Silva ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor