DOCTOR SACAMUERTOS

Decía Foxá que morir por la democracia es como morir por el sistema métrico decimal. La frase, muy cínica y malévola, encubre sin embargo una verdad dolorosa: la democracia genera pueblos cada vez más apoltronados que no están dispuestos a la épica. Y para evitar que sus prosélitos se apoltronen del todo, la democracia urde taumaturgias que les hagan vibrar de emoción y suplan la falta de épica.

Sólo que los prosélitos, a medida que se apoltronan más, necesitan platos cada vez más fuertes para vibrar de emoción. Y, puestos a aliñar platos fuertes, todavía no se ha descubierto un condimento más picante que la cadaverina. Así que el gobernante demócrata fetén se esfuerza por hallar algún muerto que le haga el caldo gordo.

Era inevitable que un tipo tan insípido como el doctor Sánchez recurrirse al aliño de la cadaverina para condimentar su guiso. Y, puesto a buscar un muerto que le hiciese el caldo gordo, no pudo encontrar ninguno más jugoso que Franco.

Mediante la exhumación de Franco, la democracia española consuma ese anhelo tan edípico de matar al padre, que según Freud permite a la vez satisfacer una pulsión irrefrenable y sepultar una verdad reprimida. La pulsión irrefrenable que se satisface con la exhumación de Franco es el resentimiento de los hijos de papá (rebozadito demagógicamente de «reconciliación» y «resarcimiento a las víctimas»); y la verdad reprimida que se sepulta es la biografía de sus familias, que salieron de la miseria durante el franquismo, que medraron con el franquismo y pudieron pagar los estudios de sus hijos y disfrutaron de sus primeras vacaciones gracias a la paga extra del 18 de julio.

Y ahora los hijos de papá, encarnados en este doctor Sánchez o Sacamuertos, resentidos de que sus familias no movieran un dedo por combatir el franquismo (eran tan demócratas que no creían en la épica del combate), se vengan de su pasado exhumando a Franco, que es tanto como inhumar la verdad sobre sus familias, que se acostaron franquistas y se levantaron demócratas, para seguir chupando del bote.

Pero en la exhumación de Franco no sólo hallamos el resentimiento típico de los hijos de papá; también el oportunismo de quienes sacan tajada de los muertos. Hubo un tiempo en que las gentes desenterraban a los muertos ricos para arrancarles las muelas de oro; y, en uno de sus tétricos grabados, Goya dibujaba a la chusma desvalijando a los ahorcados.

El doctor Sacamuertos, como esos desvalijadores de cadáveres, saca a Franco de la tumba para arrancar votos, más valiosos que cualquier muela de oro. En «El estudiante de Salamanca», Félix de Montemar se abrazaba macabramente al esqueleto de su novia, para seguir amándola, sin importarle que los gusanos infestasen su cuerpo. Este doctor Sacamuertos, menos romántico pero más macabro todavía que Espronceda, se abraza al esqueleto de Franco, porque sabe que el olor de la cadaverina lo convierte en el candidato predilecto de la España que medró con el franquismo y ahora necesita matar al padre, satisfaciendo la pulsión irrefrenable del resentimiento y sepultando la verdad reprimida sobre sus familias.

Los demócratas que medraron con Franco se alimentan hoy con los gusanos que se desprenden de su cadáver; así comen de Franco por partida doble.

-¡Pitas, pitas, pitas! -invita el doctor Sacamuertos a la pitanza.

Y luego, como sabe que a los pueblos sin épica los conmueve cualquier pamplina lacrimógena, por burda y chirriante que sea, ofrenda un ramo de flores mustias (el olor de la cadaverina las habrá amustiado) a las Trece Rosas. ¡Que vuelva Goya para dedicar una nueva serie de grabados a este grandísimo demócrata!

Juan Manuel de Prada ( ABC )

viñeta de Linda Galmor