DOCTOR SÁNCHEZ

Lo he contado, pero lo repito. Mi bisabuela materna, la marquesa de Aldama, tenia un capellán particular, don Raúl. Vivió en La Moraleja más de veinte años, y cumplió escrupulosamente con sus deberes religiosos y espirituales. Bautizó a mi padre, a sus cinco hermanos y a sus primos, a los que también preparó para recibir sus primeras comuniones, todas ellas oficiadas por don Raúl. A las nueve en punto de la mañana todos los dias, la Santa Misa.

Los domingos y festivos, a las 11. Misa del Gallo en Nochebuena. Semana Santa con oficios y homilias, muy bien preparadas y de hondas emociones. Lo comentaba una de mis tias. «Hoy, don Raúl, ha estado inmenso. Hemos llorado una barbaridad». Siempre dispuesto para confesar. Mi bisabuela encargó a su carpintero, Parrilla, un confesionario cómodo y espacioso, con un asiento de mullido cuero. Celosia lateral para las mujeres y cara a cara con los varones.

Y los días de cielo abierto, don Raúl confesaba a los penitentes de mi familia paseando por los jardines inmediatos a la gran casa de La Moraleja, a la que pretenciosamente denominaban «El Palacio», que fue ocupado y saqueado por el rojerio del Frente Popular durante la Guerra Civil. Dejaron la estructura y mucha porquería, quemaron la biblioteca, robaron los muebles y los cuadros, dibujos y grabados, y lo abandonaron convertido en una guarrada.

Pero con anterioridad a la Guerra, mi bisabuela invitó a pasar unos dias al Obispo Auxiliar de Madrid, y éste, después de conversar con don Raúl, en un momento de intimidad, le preguntó a la devota marquesa: -Doña Maria, ¿está usted segura de que don Raúl es sacerdote?–. No lo era, y avisado por la intuición, don Raúl huyó sin dejar rastro, llevándose objetos e imágenes de la capilla de gran valor. No obstante, en mi familia, que es bastante rara, la impostura, gorronería, falsedad y delincuencia continuada de don Raúl no merecieron criticas adversas. –«En el fondo era un fenómeno. Nos ha engañado durante veinte años»–, sentenció mi bisabuela perdonando al impostor.

Eso tiene mérito. Lo que carece de mérito es lo del doctor Sánchez, que ha resultado ser un doctor de cabo corto, un doctorzuelo copión que plagió su tesis doctoral con la ayuda de documentalistas y zurupetos del PSOE. Copió en su tesis a otros autores, adoptó como suyos informes del Gobierno de Zapatero y para colmo, se autoplagió a sí mismo, incluyendo en su tesis doctoral artículos de su autoría ya publicados, lo cual está terminantememnte prohibido en las tesis doctorales.

Don Raúl engañó durante dos agradables decenios viviendo de gorra a una familia, pero el doctor Sánchez ha elevado su farsa a toda una nación, de la que es presidente de su Gobierno, aunque haya alcanzado esa presidencia con la inestimable ayuda de los que desean que esa nación, España, desaparezca del mapa. Don Raúl fue un osado estafador, en tanto que el doctor Sánchez ha sido pillado con el papel en la mano en una impostura incalificable. Se aventuran acontecimientos emocionantes. Uno de ellos, la convocatoria inevitable de unas elecciones generales que, con toda probabilidad, ubicarán al doctor Sánchez y a sus cómplices en su sitio, que no es otro que el rincón de los derrotados.

Se lo dije a mi querido y difunto padre cuando éste había sobrepasado con holgura la frontera octogenaria. –Padre, menos mal que ha cambiado el Catecismo, porque de acuerdo con el que yo estudié de niño en el colegio del Pilar, por bueno que hayas sido en la vida, irías al limbo–. Por fortuna parece que no es así. Pero el que va a visitar el limbo de la política y la gestión pública si no demuestra en los próximos días que su tesis doctoral no ha constituido un plagio, será el doctor Sánchez, que se verá obligado a abandonar el tesoro de sus sueños cumplidos. El Palacio de la Moncloa, en el que Goya cumplió sus amores con la atractiva duquesa Cayetana,y que es Palacio tan feo como gafe.

En tal caso, que parece más que posible, me preocupa el futuro de la esposa del doctor Sánchez, doña Begoña Gómez, y lo que es peor, del continente africano.

Alfonso Ussía ( La Razón )

viñeta de Linda Galmor