Cuando allá por marzo renunció a la herencia de su padre, Don Felipe seguro que tomó la decisión más dura de su reinado desde el punto de vista personal. Seguramente con todo el dolor de su corazón, curtido durante tantos años por el amor y respeto a su padre, hubo de tomar esa determinación con el fin de preservar la Corona pues era de esperar (como así ha sido) que la izquierda, movida siempre por su pulsión republicana, no dejara de aprovechar los errores cometidos por Don Juan Carlos en el final de su reinado para volver a saborear su viejo sueño.

Se ha cumplido el guión y ahora, tras la pertinente campaña y bajo un aguacero de chuzos de punta, el padre responde al hijo, también por carta, con el que también será el paso más triste que vaya a dar el veterano monarca: marcharse de España para salvar precisamente a España, un final casi trágico que no se compadece con los méritos que Don Juan Carlos ha acumulado en cuarenta años.

El primero traer la democracia a España, procurar la reconciliación y meter al país en una senda de prosperidad inigualable en la historia de esta vieja nación. El segundo, haber procurado a la Corona un relevo excepcional en la figura de Don Felipe, un Rey extraordinario que ha dado sobradas muestras de su preparación para el complicado oficio de recoger un legado de siglos y darle el aire del nuevo siglo.

Nada ha ayudado a resolver de otra forma este laberinto el papel del Gobierno, que no ha querido poner las cosas en su sitio, separar planos, lo verdaderamente importante (la institución) de las personas que la encarnaron y los errores cometidos en la esfera personal.

Su deber era evitar la imagen del «revival» de aquel día en el puerto de Cartagena en 1931. Había otras soluciones, pero nada hizo Sánchez para alentarlas. Solo al final, y cuando quizá todo estaba decidido, musitó en la televisión hace una semana ese «no me verán en operaciones contra la Corona».

Al dolor del hijo en aquel comunicado del pasado marzo se unió ayer el del padre, el del viejo Rey que se quita de en medio y cuyos torcidos renglones de última hora no debieran ensombrecer su extraordinaria obra.

Álvaro Martínez ( ABC )