DOLORES Y LOLA

La presunción de inocencia es una de las grandes conquistas de la civilización occidental. En España hoy yace moribunda bajo una pesada losa de cainismo político oportunista, difamaciones que salen gratis, pullas vía internet y maledicencias envidiosas o indocumentadas. Todo vale a la hora de disparar. Pero nadie aparece si toca pedir perdón y restituir la honra ajena.

El pasado 3 de enero, Villegas, el impávido inquisidor que ocupa la secretaría general de Ciudadanos, ofreció una rueda de prensa en la que planteó como sorprendente condición para apoyar los presupuestos de Rajoy que el PP obligase a la senadora Pilar Barreiro a renunciar a su escaño, ya que estaba acusada en un caso de la trama Púnica. El Supremo acaba de archivar la causa contra Barreiro. La pira se encendió en vano. Por supuesto no habrá petición de disculpas por parte de Villegas, que jugó con el honor de una persona simplemente para darse aires de Don Limpio y buscar réditos políticos.

Aunque peco de naif y sé que mi planteamiento resulta iluso en una España que ha retornado al peor odio ideológico, creo que ante la estrategia que ha emprendido Villarejo con sus grabaciones todos los partidos políticos y medios españoles deberían haber llegado a un acuerdo colectivo para no darles eco alguno. Hace treinta años habría sido posible. Hoy ya no. No existe aquella altura de miras y además internet hace imposible ponerle puertas al campo (para bien y para mal).

La desoladora consecuencia es que un policía corrupto, que lleva un año en prisión, va marcando el pulso de nuestra vida pública divulgando a cuentagotas grabaciones reales, pero también editadas, que se registraron a traición y que aluden a hechos de hace muchos años, probablemente prescritos.

Pero como mis sueños de Bambi son utópicos y tenemos la España que tenemos, es menester hablar de la situación de Dolores y Lola a la luz de las grabaciones de Villarejo. Cospedal ha hecho bien en dimitir de la dirección del PP y en haber anunciado a Casado que antes de fin de año dejará la política, según adelanta hoy ABC. Lo que ha salido a flote empañaba demasiado la figura de una dirigente que además ya estaba en la cuesta abajo de su correcta carrera pública.

Pero si Dolores enfila la puerta, Lola Delgado, la ministra de Justicia, debería llevar ya varias semanas en casa, pues lo suyo fue notoriamente más grave. Primero mintió con descaro al asegurar que no había tenido ningún trato «personal ni profesional» con Villajero, falacia destapada en cuanto se divulgó la charleta de ambos en alegre francachela amical junto a «Balta», el perejil de todas las salsas.

Pero además, al ser fiscal en aquel momento, Delgado incurrió en un posible delito por no poner en conocimiento de la Justicia que el comisario presumía de su red de extorsión con prostitutas, algo que él contó en la comida. En la cuchipanda, la fiscal relató además que algunos jueces habían mantenidos relaciones con menores en un viaje, otro hecho que debió haber denunciado.

Si Cospedal se paseó por el barrizal, Delgado se rebozó hasta las cejas. Aunque viendo nuestras televisiones unidireccionales, el público llegará exactamente a la conclusión inversa.

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Linda Galmor