DOÑANA Y EL LINCE PRESIDENCIAL

Si el diablo mata moscas con el rabo cuando se aburre, Sánchez daba un recital de cómo enredar con un asunto altamente inflamable. El lince Sánchez creyó matar dos pájaros de un tiro. De un lado, atajaba las críticas de quienes le recriminaban la chepa que le estaba apareciendo tras sacar pecho en junio del año pasado con la acogida en Valencia del Aquarius.

Todo ello para granjearse notoriedad internacional con el rescate en aguas italianas de este buque de emigrantes y que organizó con pareja prosopopeya a la que Fraga desplegaba como ministro para dar la bienvenida al turista que redondeaba alguna cifra millonaria.

De otro, buscaba poner en aprietos al Gobierno andaluz y desestabilizar su alianza con Vox provocando la reacción de Abascal cual Júpiter Tonante para movilizar al votante de izquierda de cara a una eventual repetición de los comicios de abril.

Ya entonces se valió del trampantojo de «¡que viene la extrema derecha!», como el torero que cita al morlaco en el albero. A Sánchez le ha fallado su ojo de lince o se ha cegado tanto que se ha confundido de escopeta y ha usado esta vez la carabina de Ambrosio contra sus rivales.

Esta descubierta agosteña revela que Sánchez es capaz de cualquier cosa. Si Zapatero engañaba con su apariencia de «Bambi», como le bautizó Guerra -a la sazón, ex presidente del Patronato de Doñana y antes contador de galápagos allí-, el antaño Blanco (José Luis)boy’s ya no sorprende ni a propios -que se lo pregunten a una amortajada Susana Díaz– ni a extraños tras ensartar la cabeza barbada de Rajoy con la pica de su «moción de censura Frankenstein».

Dicho lo cual, hay que estar muy ciego o hacérselo para no percatarse de que una emigración descontrolada es el principal factor de desestabilización de la Europa del bienestar y de las libertades consolidada tras la II Guerra Mundial.

En terreno tan pantanoso, junto al de la cuestión nacional y la crisis económica que acecha sin desaliento, se impone un pacto de Estado entre los partidos con capacidad para gobernar y que, con los ajustes pertinentes, fijen una política marco en la que la sal de la inmigración se vuelque poco a poco en el agua para que pueda diluirse adecuadamente, enriquecerla y no pudrirla.

Ante un reto de imprevisibles consecuencias y que tan graves contratiempos generó en la Europa de entreguerras, sería un desatino que el PSOE tuviera la tentación de tratar de consolidarse en el Gobierno zascandileando con una política inmigratoria que persiguiera resquebrajar al electorado rival y disminuir sus posibilidades de acceder en el Gobierno, como hizo en las elecciones de abril.

Un juego peligroso, pero tentador para Sánchez y Salvini, dos caras de la misma moneda de cómo utilizar la emigración como instrumento de agitación y captación del voto. Aspiran a vivir de los problemas de la gente, no a solucionarlos, al igual que esos malos médicos que sólo sueltan a sus pacientes camino del cementerio.

Francisco Rosell ( El Mundo )