Los enfrentamientos dialécticos que este miércoles mantuvieron Pablo Casado por una parte, y Santiago Abascal por otra, con Pedro Sánchez demuestran dos formas diferentes de enfocar la oposición, pero una misma línea argumental contra la gestión del Gobierno.

Casado representa la oposición de un PP que hace propuestas y articula alternativas para poner fin a tanto desprecio del Gobierno a la ciudadanía. Si Sánchez pretende amordazar al poder judicial, el PP plantea una reforma conforme a las exigencias de Europa para salvaguardar su independencia.

Si Sánchez dice ahora que el estado de alarma «es el pasado», y genera tal confusión social y caos autonómico que solo le queda el recurso de comprometer al Tribunal Supremo como si fuese un legislador paralelo, el PP presenta una batería de reformas para elaborar una ley específica de pandemias. Y si La Moncloa diseña un plan de recuperación basado en un aldabonazo fiscal al bolsillo, el PP propone más ayudas al empresariado, al crecimiento y al empleo.

A su vez, Vox es un partido que hace de la confrontación directa su principal virtud. Es más combativo, más grueso en sus planteamientos y más drástico contra Sánchez. De igual modo, promueve alternativas legislativas y, sobre todo, la derogación de la tóxica agenda ideológica del Ejecutivo para consagrar su papel como tercer partido más votado en España.

Hay una causa común, pero caminos distintos, y tanto el PP como Vox hacen una deliberada distinción entre sus proyectos para que así sea visto por la derecha. El PP necesita reforzar la percepción de que es un partido con más tradición y anclaje institucional que Vox, y que su solidez orgánica en cada provincia termine siendo el plus que lo reafirme como el único partido con opciones de tumbar al PSOE. Por eso, el empujón anímico de los comicios de Madrid es tan significativo.

En cambio, Vox está en pleno proceso de afianzamiento en muchas autonomías donde acceder a unos pocos escaños regionales ya les parece un objetivo insuficiente. Llegará el momento en el que Abascal tenga que optar por entrar o no en gobiernos regionales y ayuntamientos para asumir cargos de gestión, pero de momento su estrategia pasa por consolidar su crecimiento y no tocar techo.

Sánchez ha dejado claro que pretende agotar la legislatura en 2023. Sin embargo, olvida que no depende de él, sino de sus socios, y si le abandonan solo le quedará convertir la gobernabilidad en un ejercicio agónico, con unos presupuestos prorrogados por inercia, con alergia al Parlamento, y enclaustrado con el incipiente síndrome de La Moncloa que ya padece.

Madrid se ha convertido en una oportunidad para la derecha. Con Ciudadanos en proceso de desguace, el PP y Vox divergen en postulados, estrategias y formas de hacer oposición. Pero hay un nexo común: la prioridad de que la izquierda deje de gobernar.

La medición demoscópica del campo de juego sigue siendo compleja. Sin elecciones a la vista, cualquier sondeo es solo la constatación de una tendencia provisional y cambiante. No obstante, el hueco que está dejando Ciudadanos en la moderación es idóneo para la expansión de la derecha a ambos lados de su propio abanico ideológico.

Tres partidos frente a Sánchez se anulan, pero es mucho más factible que dos sí sumen. Es pronto para diagnósticos, pero no para la recuperación emocional de una derecha que tiene la obligación de conformar una alternativa realista de poder.

Hacer una relectura crítica de los errores del pasado, enfocar la ‘batalla cultural’ como un objetivo unitario, y crear la ilusión necesaria para retratar a la izquierda en su fraude moral a España, son prioridades inexcusables.

ABC