DOS PELÍCULAS SOBRE AQUELLO

Lo de Cataluña lo ha envejecido todo. Un populismo nuevo ha venido a sustituir, en la calle y en los platós, a los que hace dos años parecían imparables. Y sin embargo, conviene ver de nuevo las imágenes del primer Vistalegre o las de los miembros de la PAH impidiendo desalojos para ser conscientes de lo cerca que estuvo este país del desastre.

Hay dos películas estrenadas en 2016 que, pensadas como armas de propaganda, son un bálsamo para evitar la nostalgia por el tiempo ido. Y alegrarse de que aquello ya pasó.

Una es la premiada Alcaldesa, dirigida por Pau Faus y producida por Nanouk Films, la productora de Ventura Durall. La otra, Política, manual de instrucciones, de León de Aranoa, producida por la Mediapro de Jaume Roures. Con la factura aparente de dos documentales rodados en las campañas de 2015 y un abuso de la narrativa sentimental, ninguna será recordada como obra maestra del cine español, pero servirán de material de archivo a historiadores y profesores.

No es el de Ada Colau un fenómeno igual al de Iglesias y Errejón. Populistas los tres y los tres también líderes de audiencia gracias a televisiones sin muchos escrúpulos, la actual alcaldesa de Barcelona fue activista antes de saltar a la política. Ellos no. Ni siquiera se les recuerda en el 15-M. Eran, entonces, asesores políticos de gobiernos populistas en Latinoamérica y no ocultan en la película su admiración por el indigenismo y el neo- peronismo argentino. Ni disimulan el hastío que les produce eso que llaman “la gente”.

Para Colau, de lágrima fácil, los votantes y los afiliados a su movimiento son un mismo cuerpo: el pueblo. Y llora y se ríe con ellos, trabaja con ellos, les escucha. No así para Errejón, que ejerce de protagonista en la cinta de Roures y Aranoa. Y habla con la arrogancia de quien está muy seguro de sí mismo: “Todo partido tiene la tensión entre militantes y votantes (…) No fuimos capaces de medir y de frenar que los procesos internos nos iban a consumir muchísimas fuerzas en un año en el que había que haberlas puesto, todas, en el combate electoral.

Lo veíamos, y aun así, había que seguir adelante porque era un calendario que nos habíamos fijado públicamente”. Sólo el poder les movía y sus caras de aburrimiento en las asambleas lo dice todo. Por eso llegó el centralismo y el fracaso a la hora de gestionar un resultado que creyeron suyo, no de “la gente”.

Fernando Palmero ( El Mundo )