No hay duda de que el coronavirus es un virus transmisible, letal, capaz de provocar una pandemia y una profunda crisis económica social. Lo llevamos sufriendo desde principios de año, la vacuna en el mejor de los escenarios se antoja factible a medio plazo y por esto y otras cosas, sigue y seguirá siendo un desagradable compañero de comunidad.

Lo cierto es que el sistema falló en su primer encontronazo con el virus. Quizá porque no esperábamos una pandemia en el siglo XXI, quizá por el retraso en la aplicación de medidas, quizá porque nuestra sociedad no estuvo a la altura de las circunstancias. El caso es que el virus nos ganó el primer asalto provocándonos un reguero de muerte y sufrimiento que, sin duda, pasará a los anales de la historia de la medicina.

Para explicar semejante fiasco, excusas tan simplistas como ciertas y eso sí, un escenario pandémico utilizado como arma política. Mal está que esta estrategia la utilice la izquierda y hago esta afirmación con el riesgo que mostrar mis cartas. Pero lo que más me llama la atención es que lo situado a la derecha del PSOE haya optado por la misma estrategia. Simplista, inútil, dañina para todos, incluido para quien la imita. Qué oportunidad perdida para abanderar el sentido patrio de unidad, dignidad, ilusión y bien común por encima de disputas estériles.

Todos están demostrando que son bastante más tontos que el virus que es una simple cadena de ácido nucleico. El virus sabe que unos ganarán y otros perderán las próximas elecciones y que unos y otros harán responsable a la pandemia.

El que gane las elecciones dirá que por lo bien que lo ha hecho y el que las pierda por lo mal que lo ha hecho el otro. Nadie reconocerá lo mal que lo han hecho todos. El resultado ahí está, un virus  que sigue y seguirá por tiempo siendo el amo del escenario.

El caso es que el virus, que acompaña a la humanidad desde sus mismísimos orígenes, sabe que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Que no tenía que mutar para seguir infectando. Que sólo tenía que darnos tiempo. Que no íbamos a aprender nada de lo sufrido y padecido. Que estaríamos ocupados en nuestros líos terrenales del tú peor mientras él se rearmaba.

Llegó la anunciada segunda oleada y la misma improvisación y tardanza en la toma de decisiones. Los mismos enfrentamientos políticos y los mismos letales resultados. Nuestro país a la cabeza del ranquin europeo de contagios.

Algo ha cambiado y siempre en beneficio del virus. En la primera oleada se manifestaba el barrio de Salamanca, en la segunda el de Vallecas. Esto demuestra que el virus, con total impunidad, ha sido capaz de dividir a la sociedad para vencer y que va por delante de nuestros políticos porque sabe que si fuera por detrás estaría vencido.

Todo sigue igual. Seguimos con nuestros enredos aun en tiempos difíciles. El Rey Juan Carlos y sus líos, las corruptelas de unos y otros, es decir, de todos, el Torra con su borrachera independentista, que si la ley de memoria histórica y de eutanasia y más y más de lo mismo por todas partes. De todo menos de normalidad, que es lo que esperábamos y hemos ganado a pulso   los ciudadanos.

Llegado este extremo tengo que confesar que lo único bueno y reconfortante que he leído en prensa en las últimas semanas es la celebración del Centenario de La Legión. Será porque se le echa de menos.

Por algo se empieza.

Carlos Navarro Arribas ( El Correo de España )