ECHAR GASOLINA AL ODIO

Cuenta Camilo José Cela que a los de Cereceda les llaman pantorrilludos; a los de Mantiel, rascapieles; a los de Chillarón, tiñosos y, a los de Hontanillas, gamellones, “porque, para no ensuciar el plato, comen en el gamellón del puerco”.

Algunas de las expresiones de menosprecio de la España carpetovetónica se han trasladado a la dialéctica de la posmodernidad. He ahí un ejemplo: en Gerona, las masas han borrado el nombre de Isabel la Católica de una calle y le han puesto Sànchez i Cuixart (los Jordis). Como escribe Steiner, los nombres de las calles conmemoran siglos de matanzas: “Europa es el lugar donde el jardín de Goethe es casi colindante con Buchenwald”.

Pablo Echenique, secretario de organización de Podemos, refiriéndose a las injurias que se dedican los políticos, explicó el otro día: “Este tipo [por Albert Rivera] echa gasolina al odio para ganar votos”. Lo acusó de querer transformar el desprecio en papeletas pero, inmediatamente, con la lata de gasolina en la mano, añadió: “Se comporta como un matón y quiere gobernar mi país”. Enseguida, en los comentarios anónimos se abrió la veda contra el líder de Ciudadanos y lo acusaron de truhán, de servidor de la banca, de mamporrero, de fascista. Y, como respuesta, en los muros de Cataluña aparecieron pintadas contra los profesores que han coaccionado a los hijos de los guardias civiles, en las que puede leerse: Nazis separatas, Ratas.

Los desprecios y desdenes que se dedican unos políticos a otros se trasladan a las manifestaciones de la calle. En la Puerta del Sol silbaron a las autoridades durante la parada militar del 2 de Mayo. La desafección continúa y, si esto sigue, como piensa el propio Echenique, se provocará más odio y se desatarán linchamientos.

Los maestros de la oratoria decían que en los discursos no hay que cosquillear los oídos, ni tratar de envilecer al público con la demagogia. En España, algunos políticos han confundido la oratoria con el desprecio. Se chantajean unos a otros, no sólo con dosieres, sino con difamaciones. Al parecer, ignoran que se olvidan las injusticias, pero no el desprecio. La aversión, el mirar por encima del hombro, se da mucho en las redes sociales y en los enfrentamientos políticos. Y es propio de la naturaleza humana -dice Quevedo– sentir con menos paciencia el desprecio que el daño.

Al relacionarse unos y otros con insultos están incapacitados para pactar. La arrogancia -que es española-, el desprecio que se tienen entre ellos, que nos tienen y que les tenemos, funciona libremente en los discursos y en la calle.

Raúl del Pozo ( El Mundo )