EDUCACIÓN ANAL

Cómo no va a ser importante lo que metan en la mollera a nuestros hijos en las escuelas. No hay más que mirar lo sucedido en Cataluña con el adoctrinamiento a que se somete a los niños, para comprender que el sistema educativo puede usarse para orientar y conformar ideológicamente a las nuevas generaciones.

Por eso lo del “pin parental” se queda corto, es lo mínimo exigible. Por supuesto que cualquier persona decente y con dos dedos de frente comprende que los padres tienen derecho a negarse a que a sus hijos les inculquen conceptos y criterios que atenten contra sus convicciones religiosas, morales y políticas.

Negarse a que una feminazi les cuente que la naturaleza, la biología y 10.000 años de evolución se equivocan y que lo que la humanidad tiene que hacer es darse por el culo, un ultraizquierdista les suelte sus babosadas sectarias sobre la Guerra Civil o un separatista les inyecte su odio a España, nada tiene que ver con la educación y los padres tienen todo el derecho a exigir que a sus hijos no se les someta a semejantes prácticas.

Pero no basta, porque los pobres niños que se atreven a disentir son sometidos a un calvario de discriminaciones y señalamientos por los mismos profesores. De nuevo lo hemos visto en Cataluña con los niños que se atrevieron a no participar en las charlotadas separatistas a favor del “proces” o con los hijos de Guardias Civiles que protestaron porque los maestros insultaban a sus padres.

En la Galicia de Feijoo, pedir simplemente que les dejen usar los libros de texto en español, en vez de en gallego, supone un acto de heroísmo y podríamos enumerar un extenso suma y sigue, porque lo que de fondo pone de manifiesto la polémica sobre el “pin parental” es que nuestro sistema educativo pretende crear identidades politizadas.

Las palabras de Celaá sobre la propiedad de los hijos, si se analizan con inteligencia, lo que evidencian es otro capítulo en la batalla entre la mundialización y las comunidades naturales. Se trata de otro ataque contra la familia, que no debe desempeñar papel alguno en el proceso de formación de los menores. Este papel lo debe desempeñar el Estado, a través del sistema educativo que cumple la función de construir y difundir las costumbres, prácticas y actitudes que sostienen un específico tipo de civilización.

Las escuelas, ya desde la revolución francesa, pero especialmente con el marxismo, son entendidas como espacios políticos a través de los que reorganizar la sociedad. Parece mentira que con lo conocido que es hoy en día Gramsci, en la derechita no se lo hayan leído, y pretendan quitar importancia a este debate. Gramsci decía que “toda relación hegemónica es una relación pedagógica”, es decir, más que con la acción represora, la sociedad es dominada por la acción de la cultura y la educación.

Una lección que la izquierda española se ha aprendido a las mil maravillas y que la estúpida derecha española sigue sin entender. No se trata de que según los informes PISA o la cruda constatación del nivel de paro y salarios que perciben nuestros universitarios, nuestro sistema educativo sea incapaz de producir expertos profesionales competitivos.

Esta visión de la educación como actividad neutral, puramente economicista, solo existe en la cabeza de nuestra atolondrada derecha. Por el contrario, la izquierda lo tiene muy claro, no se trata de dominar la sociedad a través de la imposición más descarada, sino más bien, por medio de una autorregulación del control social.

La dominación se construye bajo la complicidad de los dominados, alimentando el conformismo y creando un estado de aceptación intelectual e interiorización emocional de las condiciones impuestas por la ideología hegemónica. En palabras de Gramsci, la “hegemonía política y cultural de un grupo social sobre la sociedad entera como contenido ético del Estado”.

Mientras la parte de la sociedad española que se opone a los designios mundialistas y que se revuelve contra el dominio izquierdista no sea capaz de comprender que, frente a objetivos cortoplacistas, la victoria o derrota final depende de la conquista de la cultura y la educación, no les quepa la menor duda que acabaran aprendiendo una dura lección anal.

Mateo Requesens ( El Correo de Madrid )