EFECTO BUMERÁN

Desde su compromiso con el fin de la brecha de género, las actuales líderes de la Comisión 8-M deberían tomarse cinco minutos para contestar con absoluta sinceridad a dos preguntas. Primera cuestión, ¿cuál es el objetivo supremo a alcanzar?.

Segunda, ¿qué efectos puede tener la belicosidad contra el hombre desplegada por las nuevas generaciones? Lo planteo porque, como mujer, me preocupa que la mutación que se está produciendo en el discurso y en las tácticas de este activismo acaben volviéndose en contra, como un efecto bumerán.

Si el objetivo supremo es la igualdad real entre mujeres y hombres, es evidente que hay que repensar el rumbo. Quién eres, qué piensas, a quién votas o dónde vives son consideraciones que no

 pueden anteponerse a la suma de fuerzas contra la violencia de género, los techos de cristal o la brecha salarial. ¿Qué hacían las manifestaciones del 8-M en Cataluña pidiendo la amnistía de las presas y fugadas por el 1 de octubre? ¿cómo es posible que en la movilización de Madrid se increpó a Begoña Villacís y Lorena Roldán al grito de «fascistas fuera de nuestros barrios»? ¿procedía exhibir carteles definiendo al feminismo como una reivindicación de clase obrera?

La brecha de género no es pequeña y está arraigada por causas que no son solo estructurales. ¿Acaso sobran manos en esta tarea? Todo lo contrario, hacen falta todas las posibles, no solo un día sino las 365 jornadas que tiene el año.

La prueba de que el objetivo del movimiento ha dejado de estar claro son las fuertes divisiones afloradas entre las propias activistas. Por el camino de la exclusión y el partidismo, la movilización corre el riesgo de ir languideciendo. No sería la primera vez. Basta recordar el ocaso que siguió a la revolución feminista de los años 70 en Estados Unidos por puro agotamiento.

En cuanto a la segunda cuestión, los efectos que puede tener la belicosidad de una parte del movimiento, no se están analizando de manera seria. ¿Alguien se ha preguntado qué sienten los chicos más jóvenes al escuchar mensajes de odio contra los hombres en general?

Tengo un sobrino de 15 años apolítico, bastante responsable y educado en la igualdad de género. Recientemente le planteé el tema del feminismo esperando escuchar un discurso cristalino sobre la necesidad de acabar con ciertas injusticias que sufren las mujeres.

Pero su respuesta fue un latigazo gélido que me recorrió la columna. Compartíamos la idea de la igualdad pero me transmitió hartazgo por el sentimiento de bombardeo constante que siente desde varios ámbitos, quemazón por la agresividad con la que muchas mujeres dibujan a los hombres, indignación por el cartel de «culpable en potencia» que demasiadas veces se cuelga a todos los varones -él incluido- y una enérgica protesta ante la posibilidad de acabar en el calabozo si algún día una chica le pone una denuncia falsa.

Mi sorpresa fue a más cuando su padre me contó que la mayoría de los chicos de su clase piensan igual. El efecto bumerán por el dogmatismo, la furia emocional y la corrección política está en camino.

Impulsar la igualdad no consiste solo en dejar de decir a las niñas que lo suyo es jugar con muñecas: implica reflexionar despacio sobre qué les estamos diciendo a los niños que significa el feminismo.

El enfado por la violencia, los abusos y la discriminación son lógicos, pero no pueden marcar la dirección de un movimiento que avanzará más rápido cuánto más multitudinario sea.

Nada bueno puede salir de rechazar de manera general a los hombres porque, parece necesario recordarlo, no todos son culpables.

Ana I. Sánchez ( ABC )