EL 155 DE SÁNCHEZ

La jangada de Pedro Sánchez a España ha tenido la perfección artística de un ballet ruso. En su relevé ante Iglesias sonó una partitura celestial cuando los diputados se dispusieron a votar. Tatatachán.

155 miembros de la Cámara dijeron «no». 155 exactamente. El número áureo de la unidad nacional, el que guarda la proporción divina, el de la razón extrema. La investidura fracasada del gaseoso líder de los socialistas pasará a la historia por dos grandes motivos: porque nadie ha conseguido arrastrar tanto a su país por el barro y porque el diputado Rufián rogó al frente rojo un acuerdo por el bien de España.

Hay que reconocer que esto es un avance crucial en la política patria. Sánchez ha conseguido que los independentistas se preocupen por España y que el destino le haya frustrado su plan junto a los enemigos de la Constitución con 155 noes. Está claro que Dios existe.

En este momento tan etéreo de la política, cuyo declive es de dimensión internacional -hasta los ingleses tienen un presidente que no se peina-, el azar es nuestra única salvación. Ha llegado la hora de la política «random», que es como la tecnología ha denominado a los procesos aleatorios que aquí llamamos de toda la vida «a voleo».

O de la política sobaquera, que es la que se sostiene exclusivamente de lo que suden las redes sociales. Es decir, España depende del capricho arbitrario de los mediocres electos o de las sentencias absolutas de los mediocres que manejan las opiniones.

Ahí tenemos el ejemplo de la axila de Irene Montero, que ha levantado a las tropas digitales de la izquierda para condenar el machismo heteropatriarcal de la derecha cisgénero por comentar su frondoso pelaje mientras en el Congreso de los Diputados se estaba negociando un pacto que podía haber destrozado la clave de bóveda de nuestro sistema.

Lo importante no es debatir sobre el futuro del país con propuestas sólidas, sino mandar a galeras a los fachas con argumentos de malbaratillo y siempre sesgados. Mientras Iglesias reclamaba en la sesión de investidura el Ministerio de Hacienda para crujirnos a impuestos y alejar a los inversores, en un programa de televisión su camarada Juan Carlos Monedero llamaba «cerda» a una tertuliana en directo, pero sin machismo, ¿eh?, que él es de Unidas Podemos, transgénero político.

De hecho, la portavoz adjunta del partido, Ione Belarra, dio un salto histórico al comparecer ante los medios tras la primera votación. Habló exclusivamente de «nosotras», sin aplicar su propio lenguaje inclusivo en aras de la igualdad con la pamplina del «nosotras y nosotros». Nosotras. Punto. Y ahí quedó. Siguiente pasito dado.

Por eso es tan placentero mirar el número de noes una y otra vez. 155. Qué maravilla. Sin tonterías ni distracciones triviales para el pueblo. El Congreso se ha aplicado el artículo que ha salvado a España de una debacle.

Y ahora el doctor Sánchez -no es no 155 veces en Madrid, en Cataluña o en Pernambuco- tratará de rentabilizar su estrategia burda de rechazar a la izquierda radical para atraer a sus votantes en las próximas elecciones porque no tiene sentido del ridículo.

Ha convocado una sesión de investidura sin tener los deberes hechos, ensuciando la imagen de su país para su exclusivo beneficio electoral, porque ni siquiera sabe que con su ballet romántico en el Congreso ha honrado a Estanislao Figueras, aquel republicano federalista que, en pleno ataque separatista catalán tras la caída de Amadeo de Saboya, exclamó en un Consejo de Ministros: «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!».

Alberto García Reyes ( ABC )

viñeta de Linda Galmor