Con Pedro Sánchez estamos asistiendo a la «deslocalización» de Jefes de Estado. Se exhumó a Franco, que «no separaba los poderes», y ahora se va Don Juan Carlos, en una decisión que tiene mucho de exilio, de abandono a la fuerza, de invitación a cumplir la tradición borbónica de irse de España.

El Rey se va porque, expuesto a su máquina de picar carne, lo deja caer el Gobierno y porque lo permiten las élites que lo rodearon.

Con él, admitamos lo sentimental, se van recuerdos de la vida de los españoles de cierta edad, considerados «juancarlistas» y, casi por imitación (¿Quién imitaba a quién?), idealmente campechanos, simpáticos, un poco cachazudos. Propició una conexión simbólica inmediata, acaso un poco superficial.

Con Don Juan Carlos se va por el Tiempo un pedazo de la historia de España, tan importante que el efecto es de vacío, de oquedad. Hay eco en las paredes de los palacios. La Transición queda descascarillada, abierta, su paisaje desnudo de figuras. Otro vínculo con el pasado que se rompe.

La Transición, ella misma un gambito, rompió sin romper con lo anterior, y se va liberando de quienes la hicieron. Pero queda ella, queda la obra: desencadenada.

En el comunicado se habla del legado. Permanece su hijo, Felipe VI, la Corona, pero en relación con la institución, la marcha de D. Juan Carlos parece hacer la función del fusible que salta. Es verdad que protege, pero también revela un peligro.

Y queda la obra histórica, indudablemente asediada. Es imposible no interpretar esto como un ataque consumado a la Transición, por el mismo Régimen del 78 (adulto ya, demacrado), en el contexto de cambios profundos desde 2004. Ataque a la Transición, a su relato y protagonistas, pero no a sus frutos, porque esos permanecen y esos los quieren todos para sí. A ellos no renuncian.

Se va D. Juan Carlos, pero se queda el consenso sin armonía, un reparto con menos que repartir. Por eso permanecen en España los jerarcas del PSOE o Pujol, y los etarras regresan a sus casas. Ellos no se van a ninguna parte.

Su marcha nos expone a nuevas «narrativas», reformas, torsiones, evoluciones.

En el comunicado, que expresa o afecta serenidad en el vértigo de la historia, habrá quien haya echado de menos un «Viva el Rey» final, y un «Viva España».

Hughes ( ABC )

viñeta de Linda Galmor