Siempre las opiniones se han rebatido con opiniones, y nunca al poder, en todas sus variantes, le han faltado corifeos, como bien saben ustedes, mis amables lectores.

Pero en esta actualidad que nos degrada, en esta maloliente zahurda, es obvio que los ladridos contra la corrupción a mejores perros tocan, pues a los teóricos denunciantes que se mueven por los entresijos del Sistema les han echado pan en la boca, y callan.

El comportamiento y el aspecto de muchos de estos meritorios que comen de la política o del mundo de la inteligencia y de la cultura es el de un nuevo cínico, más detestable aún si cabe que los de épocas anteriores, y no digamos ya que los tradicionales, unos señores, en comparación.

En nuestra época, la filosofía de Crates y de Zenón, absolutamente distorsionada, ha sido adaptada por holgazanes subsidiados o de partido que, precisamente por su ignorancia de la filosofía, imitan con toscas maneras a los cínicos en formas y relaciones externas e internas, tales como aspecto, vestuario, amistades, gestos o actitudes.

Así como los antiguos cínicos despreciaban la riqueza, buscaban la virtud, cuestionaban lo trillado y criticaban sobre todo al poder, para acercarse a lo verdadero, estos zafios imitadores se ríen de todo lo esencial y excelente, y niegan la verdad, y para ello utilizan la máscara de la superioridad moral y de la impunidad para encubrir la ventaja y la vileza, y justificar las migajas que les echan sus amos.

En estos tiempos, cualquier sectario que no quiera estudiar ni trabajar, se arrima a un partido o a sus lóbis correspondientes, aplica la ley del embudo en vez de ponérselo en la cabeza, halaga a las tiorras feministas y al «orgullo gay», se convierte en saltaembanco de la LGTBI y de la inmigración, insulta a los «fachas», a Franco y a Dios y, con esos méritos se siente capacitado para reclamar a los demás aquello que él no cumple, o se concede el derecho de menospreciar, para acabar descubriendo el mediterráneo e incluso citando sus islas y puertos, y para acabar nombrándose, asimismo, «integrante del mundo de la cultura» o, directamente, «intelectual».

Si los políticos en su mayoría son sólo disfraces y ficción de personas, la figura del intelectual ha perdido toda su autoridad moral porque se ha dejado seducir por el dinero. El intelectual es hoy un profesional, de modo que sus juicios están condicionados por unos intereses económicos personales.

Nada que ver con el intelectual en su acepción más pura, caracterizado por el desprendimiento, el desinterés y el compromiso, un hombre capaz de sacrificar hacienda y «prestigio social» por defender sus ideas y cuyos actos persiguen la mejora del mundo, proseguir los esfuerzos seculares para humanizar la vida individual y colectiva de los seres humanos.

Los mayores traficantes de la baja politiquería eran, en la Grecia clásica, los sofistas, peritos en el arte de la superchería, habilidosos en el embaucamiento. Desprovistos de escrúpulos morales, ante nada se detenían los demagogos, y cuando en ellos la delación y la calumnia se convertían en un vicio habitual, se les llamaba sicofantes.

De ésos, en los mundillos de la «inteligencia» y de la cultura y en el mundo de la política, tenemos decenas de miles, que podríamos exportar con fines antisépticos. Y ello sin contar con la variada gama de «alternativos» e «informales» que se solazan en la mordacidad y se conforman con la burla y el chiste más o menos agudo, más o menos ordinario.

Frente a las disensiones y denuncias de quienes han venido criticando las anormalidades frentepopulistas, los monopolios informativos y propagandísticos españoles de la Transición, de la mano de la intelectualidad áulica y de la derecha cómplice, se han distinguido por ejercer de predicadores de lo correcto y dialogante, es decir, de lo políticamente neutro; de lo centrado, o sea, de lo anodino; del consenso, es decir, de la bajada de pantalones; de la «protesta civilizada y tranquila», es decir, de la inercia y la desidia; del «poco a poco», es decir, del nunca.

Manejando el lenguaje a su modo han tratado de hacer ver que las exigencias de responsabilidad son radicalismos o posturas revolucionarias y que, por lo tanto, hacen imposible la convivencia civilizada, olvidándose a propósito de que son sus leyes -o las de sus amos- de punto final o de borrón y cuenta nueva, sus abusivos y corruptos hechos consumados, actuaciones más criminales que el crimen mismo.

Y resulta incomprensible a cualquier mente normal que los medios informativos renuncien -contra su teórico propósito fundador y su responsabilidad deontológica- a unas mínimas exigencias de cultura, de inteligencia política y de moralidad pública.

Como esto es así, los rotativos venales y sus sicofantes han dejado de ser portadores de una opinión verídica y autónoma para convertirse en altavoz de opiniones institucionales y de partido, o de simples operaciones de poder. Algo que, por desgracia, vivimos cada día, con efectos estremecedores.

El cuerpo de España tiene tantas lesiones que para regenerarlas no sabe uno por dónde empezar. Y cuando concurren muchas juntas, lo preceptivo es acudir a la más grave, sin olvidar las restantes. Por eso, con tanta labor por delante, uno se entristece conviviendo con una sociedad pasiva y atemorizada ante una muerte con la que esos rotativos, mediante excusas belicistas o pandémicas, amenazan a diario, pues quien teme la muerte no goza la vida, y carece de impulsos para regenerar lo corrompido.

Nos sobran mohatras, malandrines y mascaradas, y nos falta disposición y vigor para combatirlos y expurgarlos. Ambas carencias muestran actitudes serviles y son propias de esclavos, además de ser verdugos del alma.

¡Cuántos retos cautivantes y admirables les esperan a los españoles, si se supieran encauzar virtudes y esclarecer objetivos! El ingenuo impenitente, el utopista irreductible pregunta una vez más: ¿Para cuándo la España en marcha?.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )