Después del dolor suele venir la cólera. Cuando te golpean fuerte lo primero que ocurre es que pierdes la noción del tiempo. Transcurre un periodo indefinido donde reinan el estupor de los abrazos rotos y la desorientación de los sentidos abrumados.

El polvo que levantó tu propio cuerpo al caer tarda en asentarse, se van muchas semanas en la exploración del jardín de nuestra casa tras el bombardeo. El inventario es largo y oneroso. Seguimos en pie, pero no dejamos de palparnos para calibrar hasta qué punto salimos enteros, demediados o destruidos.

Ese tiempo se llamó 2020, y ese tiempo ha terminado. Se agotó la tristeza, la paciencia murió, la autocompasión hastía, el paisaje humeante nos empuja a actuar, a vengarnos incluso, a cobrarnos la felicidad arrebatada. Lo que está por venir, en física como en psicología, es la reacción.

De modo que si la futurología de enero es tolerable y mi sociología de andar por la casa ibérica no yerra, este 2021 va a ser un año de cabreo histórico. De contraataque. De revancha. Las miradas se van a girar al palco porque el marcador reflejará la inequívoca dimensión de la paliza que nos han dado.

No será una respuesta articulada, un plan medido al detalle o una ola surfeada oportunamente por la oposición, porque la oposición va a ser tan transversal como lo fue el daño. Será caótico. Serán meses de ruido y furia que no contará un idiota sino muchos que se sienten tomados por idiotas, lo cual resulta bastante más violento.

Porque no va a haber trabajo, ni ayuda para los que la están esperando, ni deuda europea sin fin. Porque el dinero prestado siempre es de alguien y tarde o temprano regresa a reclamarlo. Así que es posible que en 2021 se sienten las bases emocionales de un nuevo partido, uno muy poco ideológico, una amalgama sorda pero compacta de estrenada indignación. O es posible que la desafección lo cubra todo y un puñado de fanáticos movilizados se repartan el botín. Por un tiempo al menos.

Recordemos la crisis de 2008: su traducción política fue la quiebra del bipartidismo y el estallido del procés, pero no sucedió al principio. Llevó años de resignación y dientes prietos. Los nuevos liderazgos aparecieron cuando la crisis ya estaba en vías de solución, con el paro disminuyendo y la economía creciendo.

 Porque uno no explota en mitad de la tormenta, cuando graniza para todos, sino cuando vuelve a salir el sol e ilumina tus escombros junto a la finca intacta del vecino. Por qué él sí y yo no. Ahí nace el momento revolucionario.

Y es en ese momento cuando la chistera de un Gobierno de acreditados ilusionistas se desfonda, y la mano sudorosa del prestidigitador ya solo saca conejos muertos mientras sube el rugido del patio de butacas.

Jorge Bustos ( El Mundo)