EL ARTE DE DISCURRIR

Pedro Sánchez va maquillado a las reuniones que está manteniendo  con pequeños grupos de periodistas para contarles las cuatro o cinco obviedades que maneja en un discurso plano y ausente de contenido,  y es que cuando alguien se pone en manos de un personaje como Iván Redondo, que por toda estrategia sostiene que lo importante es la apariencia, acaba posando con gafas de sol en el Mystère, haciéndose fotos en bañador en Doñana, o selfies  con su perrita Turca para colgarlas en Instagram.

Luego cuando habla con los socios que le sostienen en el gobierno se arranca con un puñado de tópicos sobre la unidad de izquierda pero carece de propuestas de acción concreta, como me contaba hace unos días un diputado de Podemos, formación en la que valoran su posición de poder pero desprecian su volatilidad ideológica y  ausencia de criterio.

Creo que algunos son injustos con Pedro Sánchez porque pretenden exigirle que dé de sí más de lo que puede y sabe, y pasan por alto que no es excepcional ni siquiera en su vulgaridad intelectual ya que tiene un nivel similar a algunos de los que le siguen con una ceguera apasionada,  ausente de toda crítica.  

Hay quienes dicen que ha llegado al poder un hombre normal y tienen razón porque da el percentil del discurrir de quienes resumen todo su pensamiento político en un tuit de doscientos ochenta caracteres y si no fuese Presidente del gobierno  sus lagunas pasarían inadvertidas o tal vez no, ya que algunos de sus más leales seguidores campan por las redes sociales con el desahogo que alimenta su propia ignorancia o su rabia incontenida.

Claro que tampoco hay que otorgarle excesivos méritos en esta materia a quienes le han precedido en el cargo, salvo a Leopoldo Calvo Sotelo, único Presidente de gobierno que hablaba perfectamente inglés, francés, italiano, alemán y portugués, tocaba el piano y se doctoró por la Escuela Superior de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos, sin que hasta la fecha nadie haya cuestionado sus méritos en esa materia.

Es cierto que  de la misma forma que no se le pueden pedir peras al olmo, sería una demasía exigirle a un presidente de gobierno español que sea el más listo de la clase. La democracia garantiza, en teoría,  la igualdad de oportunidades y no deberían desanimarse los que no paran de dictar sentencias y condenas en las redes  sociales. Deben saber que algún día podrían ser presidentes de gobierno, porque tienen similares méritos  intelectuales a los del actual inquilino del Palacio de la  Moncloa.

Diego Armario