EL ARTE DE PREGUNTAR

DESPUÉS de unos días en un Seminario Sócrates del Aspen Institute y Fundación Telefónica discutiendo de lo divino y lo humano, uno no puede dejar de preguntarse algo mucho más pedestre: ¿Por qué los españoles callamos siempre?

Es una pregunta que acosa a todo aquel español que viva o viaje a EEUU. En ese país se tiene casi como una obligación participar en las clases, en los debates, y hacer preguntas en las conferencias.

En España es más bien al contrario. En la lejana época geológica en la que los dinosaurios merodeaban por la Tierra y yo iba al colegio, el que preguntaba en clase era un niño con tendencias masoquistas que sabía que en el recreo iba a ser acusado -tal vez de la manera más física posible, o sea, repartiéndole leña- de pelota, empollón, y sabelotodo. Por no hablar de la mirada que le habría dirigido el docente al levantar la mano, acusándole de falta de respeto a la autoridad. Nadie en EEUU sale de una conferencia preguntando a la gente: «Oye, mi pregunta se entendió, ¿verdad?». No lo preguntan porque da igual.

Los estadounidenses han sido educados desde su más tierna infancia en el arte de preguntar. Es un arte interesado: preguntar es parte de la autopromoción en la que se basa la vida en una sociedad muy competitiva, como es la de EEUU.

Eso hace que muchas preguntas sean innecesarias. En el peor de los casos, la pregunta o el comentario en EEUU va a ser innecesario, pero no dañino, porque allí tienden a intervenir para buscar un punto en común, o para hacer avanzar la discusión. En España, en muchos casos, el que pregunta lo hace para enfrentarse -o destruir- al orador. Así es fácil caer en duelos verbales de egos a primera sangre o a muerte, en los que lo que la calidad del debate es la primera víctima. Para eso, mejor no preguntar.

Pablo Pardo ( El Mundo )