EL ASALTO A LAS CLOACAS

Con Pablo Iglesias en el Gobierno, incluso Carmen Calvo parece moderada. La vicepresidenta fue ayer a misa de ocho para interpretar el papel de la Doña Estefaldina de Cecilia, la que cuando en la plaza cruza el capellán corre a la novena con trote de can.

Como dice el prospecto de los laboratorios de La Moncloa, la coalición funciona mejor que nunca, sobre todo para un PSOE que blanquea su imagen en función de la roña que va cogiendo Podemos según se mete en la madriguera, semiesquina con la cloaca. Comparten los mismos fines -la imposición de la mentira y el acallamiento de cualquier crítica-, pero Sánchez lava más blanco. El desagüe es cosa de Iglesias. Sin fontaneros, con intuición.

 Si pudo arreglar lo de la tarjeta de un móvil, qué no podrá hacer, a las bravas, con la llave inglesa que guardaba para asaltar el cielo.

A Pablo Iglesias no le gustan los medios de comunicación que no puede controlar o cerrar. En eso se parece a su admirado Trump. Salió escocido de las redes sociales, y en cuanto pudo -los debates electorales le abrieron los ojos y le aclararon la voz- quiso acampar donde la casta.

Allí baja el volumen y utiliza el politono de seductor de asesoras. No puede, sin embargo, disimular durante mucho tiempo los gallos ni sofocar su instinto, que le lleva a señalar, acusar, juzgar y condenar a quien se le ponga por delante, expresidente del Gobierno o presentador de telediarios, todos confabulados para derrocarlo.

Pablo Iglesias no dio ayer nombres, pero se refirió con saña a los «cañones mediáticos del poder» -valga la paradoja de quien ha metido la cuchara hasta en el CNI, como meritorio del departamento de tarjetas SIM- que tratan de sacarlo del Consejo de Ministros.

Allí lo tiene Sánchez para que, como la lamprea, se guise en su propia sangre. Después de asistir a las guerras que el bipartidismo ha librado desde los años noventa para someter a los medios de comunicación, azotar a Mariló Montero o perseguir a Vicente Vallés es un detalle menor, a modo de desahogo, en un radical que quiere acabar con un sistema que de momento le supera y cuyas estructuras socava con la cobardía de quien se limita -dice con voz de teleoperadora- a «trasladar lo que piensa mucha gente».

Iglesias conoce tan bien las cloacas y las redes de abastecimiento informativo que se ha pedido una comisión parlamentaria que no le van a dar. Tiene como última opción acudir a los tribunales para contar todo lo que sabe y acusar a todos los que le estorban. Tampoco le vale a Iglesias, sin embargo, una vía penal que desde que condenaron a Isa Serra considera viciada por la prevaricación. No es que lo diga él; es «lo que piensa mucha gente».

Lo debe de saber por el CNI.

Jesús Lillo ( ABC )