EL AULLIDO DE LOS CORDEROS

En Masa y Poder, el Premio Nobel Elías Canetti describe nítidamente esa «masa de acoso» que se adueña de Cataluña y cuya excitación es la propia de «unos ciegos tanto más ciegos cuanto que de pronto creen ver».

Esa horda la sufrió el 20 de septiembre de 2017 la secretaria judicial a la que sitiaron grupos separatistas cuando acudió a la Consejería de Economía para un registro sobre los preparativos del referéndum ilegal de autodeterminación del 1-O, lo que le forzó a tener que marchar por la azotea como una vulgar delincuente, y ha vuelto a revivirlo a raíz de su cita del miércoles ante el Supremo que enjuicia la intentona golpista.

Su escalofriante testimonio ha desatado el rugido de la marabunta secesionista persiguiendo su muerte civil como la de otros servidores del Estado en Cataluña.

Pero, si estremecedora fue la agitación de la turba en aquel septiembre negro que debió mover a la aplicación del artículo 155 para frenar la sublevación en marcha, no fue menos escalofriante la cobardía del responsable del Teatro Coliseum, paredaño a la Consejería, al poner trabas para que la acorralada funcionaria, tras descolgarse por un muro con ayuda de un policía, atravesara su propiedad.

Como ha relatado Arcadi Espada en una magnífica crónica sobre el proceso al procésMontserrat del Toro hubo de aguardar en un camerino, como una expatriada en la zona de tránsito de un aeropuerto, a que le diera su venia un Pedro Balanyá, descendiente de la saga propietaria de la Monumental que clausuró para la lidia la Generalitat.

Haciendo oídos sordos al aullido de esos lobos con piel de cordero, atada al palo mayor de la nave del Derecho, Montserrat del Toro ha destapado la verdadera cara del supuesto pacifismo de los cabecillas independentistas que, en las sesiones previas, procuraron conmover al tribunal.

Como si fueran la reencarnación de Gandhi, tras azuzar a la febril masa encaramados en los coches que la Guardia Civil estacionó a las puertas de la Consejería. Este tipo de transformaciones lleva al protagonista de la versión cinematográfica de El hombre lobo en París, de Guy Endore, a hacer esta observación:»Hasta un hombre puro de corazón que reza sus oraciones por la noche puede convertirse en lobo cuando florece el acónito y la luna está llena».

El nacionalismo, como otros fanatismos, carece de cura política. Por eso, el drama catalán exigiría la misma terapia que el gran antropólogo Caro Baroja prescribía para sus paisanos vascos en el punto álgido del terrorismo: «Enviar allí trenes llenos de psiquiatras».

Más cuando muchos catalanes se muestran incapaces de distinguir la verdad, burlándose de las víctimas que pierden su salud entre los aullidos de esa masa que, como bien vislumbró Canetti, no deja de mostrar su apetito mientras exista alguien fuera de ella.

Francisco Rosell ( ABC )